Respetar no es igual que consentir.

A Carla.

“Qué cansino es este tema. Que cada uno haga lo que mejor crea para sus hijos. Dejar tema, ya. Respetar”.

Ese fue el comentario de una persona, una madre de una niña con HSC, acerca de un artículo publicado respecto a la proscripción de cirugías en niñas/os intersex en un foro de Facebook. Su comentario se daba en el contexto de un acalorado debate entre algunas madres que formaban parte del grupo y que habían tomado la decisión de someter a sus hijos/as a operaciones médicas para modificar sus genitales, y personas adultas diagnosticadas con HSC al nacer, quirúrgicamente intervenidos y sin intervenir. La percepción de las madres que defendían la decisión que habían tomado era que habían estado en su derecho de optar por las cirugías, y que nadie debía estar inmiscuyéndose ni opinar acerca de su decisión, menos aún juzgarlas, y que las personas adultas con HSC representaban un grupo intolerante.

Aquí hay varios aspectos que quiero desmenuzar, temas que ya he abordado en publicaciones anteriores, pero que esta vez ameritan ser examinadas de forma directa y abierta, porque se dan muchas interpretaciones basadas en conceptos erróneos o con un punto de vista incompleto.

¿De quién es el derecho de decidir sobre las cirugías?

Ciertamente el derecho no le corresponde a los padres. Existe en nuestra cultura (así como en muchas otras) la creencia de que los padres tienen una especie de carta abierta en lo respectivo a la crianza de sus hijos. Esto es parcialmente cierto; los padres tienen de facto un enorme poder sobre sus hijos. Pero también una enorme responsabilidad. La sociedad regulada por leyes establece ciertos parámetros de acción en cuanto a lo que los padres pueden y no pueden hacer mientras sus hijos son, en términos legales, menores de edad. Este concepto es conflictivo: menor de edad es un estatus que denota que la persona aún no tiene acceso a ciertos derechos y responsabilidades, hasta que cruce el umbral de la edad establecida como mayoría de edad. En este sentido, mientras los hijos son menores de edad, se presupone (erróneamente, a veces) que los padres asumen todos los derechos y prerrogativas de sus hijos, esto especialmente cuando se lleva a la arena de lo médico. Lo cierto es que los/as niños/as son personas con plenos derechos. Como la intersexualidad sigue siendo un tema acaparado por el discurso médico, su arista desde los derechos humanos suele ser pasada por alto por los padres. De ahí esa concepción errónea de que uno puede hacer lo que quiera con sus hijos/as, si cree que eso es lo mejor.

Vale mencionar de pasada lo interesante que resulta cómo el propio discurso médico, de forma paulatina, parece experimentar un progreso hacia la óptica de los derechos humanos en este tema. Esto es tan es así, que tenemos el caso de Colombia, donde esta discusión fue primeramente llevada a la atención de las Cortes Constitucionales no por los padres, sino por los médicos que atendían el caso de la persona (una niña) a la que su madre (que ostentaba la patria potestad) insistía en que fuera sometida a genitoplastias, bajo el argumento de que su “hija es una menor y no puede tomar decisiones por ella misma y si esperamos a que ella tenga capacidad para decidir, ya será demasiado tarde y su desarrollo psicológico, fisiológico y social no será normal.” (Sentencia SU-337/99, puede consultarse en el sitio Web de ISNA).

La autoridad de los padres sobre sus hijos sin duda es una forma de ejecutar la responsabilidad que implica la paternidad. Pero autoridad no es lo mismo que derecho; las/os niñas/os, sin importar su edad, tienen derecho a que su corporalidad les sea respetada. Los procedimientos médicos a que históricamente hemos sido sometidas las personas intersex no responden a una necesidad de asegurar nuestra salud, sino a una noción social en la que nuestros cuerpos, por sus características sexuales diversas, representan algo ininteligible, amenazante, transgresor por el hecho mismo de ser. Estamos en lo que la historiadora Alice Dreger denomina como la era de la ética en cuanto a la manera en que la intersexualidad es mirada. En efecto, se trata de una época en la que los médicos comienzan a cuestionarse, aunque sea todavía de forma muy gradual y espaciada, la pertinencia de estos procedimientos, y afortunadamente muchos comienzan a asumir una nueva actitud, favoreciendo la integridad física y la autodeterminación de los/as niños/as nacidas con diagnósticos como la Hiperplasia Suprarrenal Congénita, el Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos, y todos los demás donde se hacen presentes variantes en las características sexuales que de ningún modo representan amenazas a la salud. No podemos negar la autoridad que tienen los padres cuando se trata de asegurarse de la supervivencia de las/os niñas/os con HSC. De hecho, es de reconocerse su valor y tenacidad para ayudarles a salir adelante con sus tratamientos. Pero es absolutamente imperativo distinguir entre la emergencia médica de una condición intersexual y las diferencias por demás saludables de sus características sexuales. Que madres y padres sean conscientes y diferencien entre lo que es su prerrogativa y lo que es un abuso de autoridad.

Las cirugías para normalizar los genitales de sus hijos, o para removerles sus gónadas, no son decisiones que les corresponda tomar; el derecho no es suyo, sino de sus hijos/as. Su deber es salvaguardar ese derecho, para que sus hijas/os puedan ejercerlo cuando llegue el momento.

El respeto a los derechos humanos no es lo mismo que adoctrinamiento.

Siguiendo el tema de la discusión en el foro de Facebook, he llegado a percatarme de que los padres perciben nuestro desacuerdo con las decisiones tomadas como un enjuiciamiento, y peor aún, como un adoctrinamiento. Su opinión de las personas que hemos atravesado por procedimientos médicos que no consentimos en nuestra infancia es que somos intolerantes con ellos, que los sometemos a un juicio y a un escrutinio al que no tenemos derecho. Esto es cierto, solo parcialmente: es difícil justificar que alguien juzgue a otra persona por sus actos, especialmente cuando se trata de padres que tratan de hacer lo mejor por sus hijos. Todos en la vida hacemos lo mejor que podemos ante las circunstancias que se nos presentan, y nadie sabe realmente de dónde venimos. Una/o no puede simplemente llegar a catalogar y señalar a un padre que está en medio de la turbulencia emocional que representa todavía en la sociedad el nacimiento de un bebé intersex. En más de una ocasión he abogado por la necesidad de espacios donde los padres puedan dar voz a sus preocupaciones, miedos, fantasías, fobias… todo esto ayuda a reducir la ansiedad que generalmente lleva a tomar una decisión precipitada; una decisión que, además, no les corresponde tomar. Pero como hemos reiterado, no se trata solamente de un discurso retórico, sino del reconocimiento de los derechos de ese bebé intersex. No se trata de un objeto al que se le pueda quitar, pulir y horadar cuanto se quiera solo para satisfacer una expectativa estética; se trata de un ser humano al que no se le puede privar del derecho a elegir sobre su cuerpo, en un aspecto tan delicado y trascendental como lo es la sexualidad.

No estamos hablando como fanáticos religiosos, defendiendo dogmas sustentados en principios morales cuestionables; estamos desde la tribuna de los derechos humanos, una que costó la libertad y la vida de millones de personas para que finalmente en el siglo XX pudiera salir a la luz y enunciar de esta forma la aspiración que tenemos todos a una vida plena, saludable, productiva, feliz.

“Intolerancia”: cuando la voz de la experiencia vivida es silenciada.

Este punto causa especial escozor en esos foros donde madres y padres se sienten asediados por las personas adultas que hoy padecen las consecuencias de las mismas decisiones que siguen siendo tomadas; de las mismas cirugías no consentidas que siguen practicándose. Es muy fácil en nuestro tiempo que alguien que no se siente a gusto con la opinión del otro se le etiquete de intolerante, y que se le diga que no está siendo respetuoso de la opinión manifestada.

En este caso, en el foro en cuestión pude atestiguar cómo la opinión de una persona que nació con HSC y que lleva en su cuerpo y en su narrativa de vida las secuelas que le dejaron no solo las cirugías y procedimientos invasivos y no consentidos, sino también de malos tratamientos para sobrellevar los síntomas propios de la hiperplasia, fue criticada por la madre de una niña con el mismo diagnóstico. Cierto es que el tono de la opinión vertida por la persona en cuestión fue fuerte. Pero lo que a menudo madres y padres de niños/as intersex fallan en comprender es que nuestras voces son diversas, y nuestras experiencias son mayormente negativas, a causa del impacto no solamente de los procedimientos médicos sino del estigma, el silencio, el secreto y las agresiones sociales e intrafamiliares, que son bastante comunes en la historia de muchas personas intersex al crecer; aún está por hacerse un estudio que nos muestre el efecto negativo en la salud mental de una persona intersex provocado por todas estas componentes sociales (de las cuales las médicas son solo un elemento, el más visible por sus consecuencias).

Esa “intolerancia” sentida por madres y padres de esos foros es la voz articulada de una persona intersex adulta que no da crédito a que, después de la presentación de tantos testimonios, y después de haber expuesto tanta información que evidencia la potencialidad de graves secuelas en la salud y en la vida de una persona sometida a esas intervenciones, sigan dejándose llevar por la opinión de los médicos que aún ejercen su práctica acorde a los protocolos del siglo pasado, y sigan pasando por alto los derechos humanos de sus hijos/as. Es simplemente comprensible el tono de la voz usada. Es la voz de las personas intersex que ha sido silenciada por años, menospreciada por ser la voz de un/a niño/a, por ser la voz de un/a hijo/a, obligado a obedecer y a dejar que su cuerpo fuera manipulado e intervenido como si fuese un maniquí desprovisto de la chispa vital. Es comprensible, y necesario, que estas voces hablen. Desde el tono que sea. Nadie tiene el derecho a silenciarlas ni un minuto más.

Es indispensable que, en vez de reclamar tolerancia y respeto a decisiones que en sí mismas y debido a las circunstancias actuales resultan aún más cuestionables que en el pasado, donde la ignorancia y la falta de información impedían tomar consciencia de aquello con lo que se lidiaba, madres y padres asuman su deber de respetar y proteger la integridad física y los derechos de sus hijas/os ante las prácticas que han causado tanto daño y dejado tanto dolor físico y emocional en tantas personas en el mundo.

Trabajo con madres y padres: tarea pendiente.

Considero que hay una brecha que queda por cubrir en el activismo intersex global, y es la que toca al trato con los padres. Necesitamos zanjar esa brecha que los protocolos médicos establecen pero que son incapaces de llevar a cabo (por falta de recursos o de voluntad). Necesitamos crear espacio terapéuticos libres de juicio para que los padres puedan canalizar todo lo que cruza por su mente. Esto, evidentemente, tiene que ser llevado a cabo por profesionales de la salud mental que tengan una interpretación saludable y positiva de la intersexualidad, y en consecuencia un amplio conocimiento del tema. No es una tarea imposible, pero cada vez es más evidente que los foros virtuales solo alivian la ansiedad de madres y padres en función de que están inmersos en un proceso donde someten a sus hijas/os no solo a los tratamientos terapéuticos sino también a los procedimientos de normalización. Es decir, solo ayudan a perpetuar el estigma.

Puede ser que estas aproximaciones resulten muy desgastadoras. “Cansinas”, como lo etiquetó esa madre en ese foro al que me he referido en esta publicación. Pero creo que es la manera adecuada de promover un cambio duradero que favorezca a más seres humanos, personas intersex que puedan crecer y ser aceptados en sus entornos familiares sin importar el aspecto de sus genitales, y eventualmente y a la par derribar las barreras sociales que hoy día legitiman y respaldan estas prácticas normalizadoras y estas falsas concepciones de las atribuciones parentales.

Sobre un tercer marcador de género.

¿Sirve la existencia de un tercer género en nuestra sociedad?

No me refiero aquí a las comunidades donde de facto existe un tercer género. En estas, el tercer género tiene la misma función que los géneros binarios en la nuestra: establecer una definición de lo que se espera de las personas encasilladas en tal género, que van desde el comportamiento social pasando por la expresión a través del cuerpo, y contemplando en su sentido más amplio la identidad misma del individuo. Un tercer género sirve en un contexto social para distinguir los roles, expectativas y, a veces, corporalidad de la persona que lo encarna respecto a la dicotomía masculino-femenino, de la cual también hay un libreto implícito pre-establecido.

No; en este texto me refiero a la existencia de un marcador de género para las personas cuya identidad no encaja en las definiciones de la dicotomía mencionada. El tema es motivo de debate, pues algunas personas, a veces de los medios de comunicación (pero también del entorno civil y jurídico, cf. Pensamiento mágico) estiman que la existencia de un tercer marcador, un marcador “neutro” por así llamarle, representa al menos una promesa de solución para la problemática enfrentada por las personas intersex al momento de nacer y tener que asignárseles un sexo en el registro civil. Parece simple, pero no lo es. Ya lo menciona atinadamente Laura Inter, en una nota de su traducción al español del artículo Born Intersex, de Tatiana Kondratenko:

[…] Esa medida solo generaría discriminación hacia lxs niñxs intersexuales, al catalogarlos como pertenecientes a un “tercer género” […] esto provocaría que padres, madres y médicos buscaran apresurar las cirugías y tratamientos hormonales “normalizadores” con la finalidad de poder inscribir a sus hijxs en uno de los dos géneros binarios, como sucede en Alemania

El caso de Alemania es un buen ejemplo de lo que no se debe de hacer. En dicho escenario, la ley estipula una obligatoriedad en el registro del sexo del recién nacido, sin importar si no es posible una asignación de sexo basada en los criterios tradicionales, pero sin haber una legislación previa que detenga los procedimientos de normalización corporal. Al no existir este mecanismo que le preceda, los procedimientos médicos, sin importar que sean denunciados y reconocidos como violaciones a los derechos humanos, se siguen llevando a cabo, y el propósito de dicha ley queda eclipsada a causa de un grave error de entendimiento del problema de fondo: que no es la indefinición de un sexo legal lo que motiva a padres de familia a recurrir a los médicos, sino el estigma y los miedos y ansiedades no verbalizados que acarrea y que viven dentro del inconsciente de padres y sociedad, lo que termina por traducirse en un acto de violencia médica contra los recién nacidos intersex.

Por otro lado, el marcador de un tercer género ha sido celebrado por muchos adultos intersex que no se identifican plenamente en uno de los géneros masculino o femenino. Es común que algunos individuos (aunque este fenómeno no se restringe solo a nuestra comunidad) se identifiquen como de género fluido o de género no-binario. Hay otros que simplemente no se identifican como personas de ningún género. En estos casos, es comprensible que las recientes noticias de que en Washington D.C. o en Oregón es posible inscribir un género no binario en el marcador de las licencias de manejo, y de la próxima introducción de una ley similar en Nueva York y California, sean recibidas por muchos (activistas incluidos) como un gran avance, pues en efecto se reconoce la diversidad en la identidad de género más allá de ser nombrado como hombre o como mujer. Para muchos adultos intersex, esto representa un reconocimiento también de su persona. En este sentido, nos congratulamos también; pero desde este espacio advertimos que hay que ser cautelosos en la manera de divulgarlo, pues se corre el riesgo de inducir nuevamente la noción errónea en las mentes de muchas personas de que nuestra lucha se reduce a obtener marcadores de género que reflejen las identidades que llegamos a desarrollar, distrayendo así la mirada de la verdadera problemática: las flagrantes violaciones a la integridad física, a la autonomía corporal y a la autodeterminación de las personas intersex, desde el momento de su nacimiento, a través de los dispositivos médicos que llevan a cabo procedimientos, cirugías y tratamientos hormonales, con graves consecuencias latentes a la salud y al bienestar del individuo, solo con el propósito de solucionar una emergencia social sustentada en fobias y prejuicios.

En este espacio, creemos que una verdadera solución en el tema de los marcadores implica un cambio de fondo: su desaparición. El marcador de sexo, como lo recoge la Declaración del Tercer Foro Intersex Internacional, no debería formar parte de ningún documento de identidad. El sexo es un fenómeno eminentemente social. Su asignación basada en factores somáticos es una práctica que, por sí sola, resulta ociosa. Cierto es que nos encontramos en un tiempo y en una sociedad en los cuales los estereotipos juegan todavía un papel fundamental en el inconsciente de las personas, en tanto que los asumen, los replican y los esperan de los demás. No es de esperar que en el curso de los siguientes cincuenta años esta situación se transforme, pero es necesario ir generando un entendimiento de que la solución no está en multiplicar los marcadores de género, sino en simplificarlos. Y la única simplificación posible radica en su extinción. Desaparecer el indicador de sexo ciertamente no resuelve tampoco la problemática encarada por las personas intersex, pero va abriendo el camino para una comprensión del sexo menos anclada en nociones binarias, más abierta a las experiencias de vida. Las personas intersex somos un ejemplo claro de que biológicamente el sexo del ser humano es diverso, que hay más que solo una taxonomía binaria. Querer traducir esta diversidad manifiesta a términos de registro civil y marcadores de género puede resultar más perjudicial que benéfico, en una época donde la homofobia, la transfobia, la interfobia y, en general, todos los miedos a lo que no encaja en las definiciones rígidas de la sociedad, son motivo de violencia y discriminación. En otros contextos, quizá este paso resultase necesario, como parece serlo en los estados de la Unión Americana mencionados arriba. Pero en el contexto regional y local, plagado de violencias ultraconservadoras, considero que resulta más prudente y productivo continuar con una práctica de asignación legal binaria, al tiempo que se trabaja poco a poco (porque el entorno no necesariamente lo permite de otra forma) en ir cambiando la mentalidad de médicos, instrumentando leyes que protejan los derechos de las personas intersex, y educando a la sociedad de manera paulatina.

 

 

Avances: un primer acercamiento al Protocolo de atención médica para la población LGBTTTI de la Secretaría de Salud, con enfoque en lo intersex.

Article available in English, here.

El día 24 de junio de 2017, el titular de la Secretaría de Salud de México, Dr. José Narro Robles, presentó el documento titulado: Protocolo para el acceso sin discriminación a la prestación de servicios de atención médica de las personas lésbico, gay, bisexual, transexual, travesti, transgénero e intersexual y Guías de atención específicas. Este trabajo es resultado de una intensa colaboración entre autoridades de dicho organismo, académicos, especialistas médicos, activistas de las comunidades que conforman el colectivo LGBTI y expertos en derechos humanos.

Durante la presentación, el secretario resaltó que “solo con instituciones apegadas al respeto insoslayable de los derechos humanos se garantiza la atención libre de discriminación”. Asimismo, hizo un llamado al personal del Sistema Nacional de Salud (esto es, a todos los institutos de salud y seguridad social, federales y estatales, que en su conjunto dan cobertura médica a la mayor parte de la población del país) a “conocer y poner en operación estos lineamientos y cumplir con lo establecido en el Artículo 4o de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que mandata que toda persona tiene derecho a la protección de la salud, y que es responsabilidad de las autoridades federales y estatales establecer los mecanismos para garantizar el acceso a la salud sin discriminación ni exclusión, en atención a las necesidades específicas de cada grupo poblacional.” (El énfasis es mío)

Desde este espacio, celebramos el avance del Estado mexicano en el reconocimiento de la problemática particular que enfrentan las personas intersex que son captadas por los servicios médicos. Este entendimiento comienza desde la definición del término “sexo”, pues más allá de caer en definiciones binarias típicas, retoma los factores sociales que intervienen en la comprensión y clasificación del sexo, pero además comprende la diversidad de factores biológicos que define el cuerpo de las personas intersex al nacer. Dentro de la definición se destaca el siguiente fragmento, que hace referencia al texto de Julie A. Greenberg, Intersexuality and the Law. Why Sex Matters (2012)

Las personas intersex evidencian que, biológicamenteno existen sólo dos opciones para los diversos factores [que contribuyen a la determinación del sexo de una persona]. Hay personas, por ejemplo, con un sexo cromosómico diverso. […] Las personas intersex demuestran las limitaciones de la creación de estas categorías: los genitales pueden decir poco del sexo de una persona. (Énfasis mío)

El protocolo se guía a partir de la enunciación de una serie de principios orientadores, que han de servir como criterio del quehacer médico, y que son fundamentales para el ejercicio de una práctica observante de los derechos humanos. Desde nuestra perspectiva, son tres los principios de esta lista que se destacan: el de la autonomía (“convicción por el respeto a la capacidad del individuo para actuar libremente y tomar decisiones conforme a sus convicciones y creencias”); el de la beneficencia (“respeto de sus derechos fundamentales”); y la no maleficencia (“imperativo de no hacer daño”, conocido en el lenguaje médico-jurídico como primum non nocere).

La siguiente aproximación del protocolo hacia la problemática de las personas intersexuales es abordada en la sección sobre la atención a niños, niñas y adolescentes. Se presenta el término variaciones en la diferenciación sexual (término acuñado por el organismo para referirse a las variaciones congénitas de las características sexuales, que da lugar a una interpretación no patológica, y que en sí mismo constituye uno de los principales méritos del documento). Se reconoce que niños, niñas y adolescentes son “individuos en proceso de desarrollo” y que, debido a sus características, pueden “requerir atención específica”. Esta atención, sin embargo, no persigue normalizar la corporalidad del individuo. De hecho, el protocolo establece que la función del equipo multidisciplinario es la de asesorar durante el proceso de asignación de sexo, sin con ello forzar la aceptación de ningún tratamiento o procedimiento quirúrgico; antes bien, el objetivo de esta asesoría es la de garantizar el derecho a la personalidad (jurídica) del recién nacido (“se debe garantizar su derecho […] asignando el género para su registro legal”).

El aspecto culminante en el tema de la atención a la intersexualidad se encuentra en la guía específica, titulada Guía de recomendaciones para la Atención de Intersexualidad y Variación en la Diferenciación Sexual (pp. 36-42). Se trata de una guía de atención innovadora, la cual, para ser comprendida, debe ser leída dentro del contexto local (y regional). La realidad mexicana, inmersa en un conservadurismo histórico que proviene de convicciones y dogmas basados en la fe cristiana (especialmente en la Iglesia católica), está repleta de nociones estereotipadas de lo que define a un individuo como hombre o mujer (que, obviamente, no da espacio a estados intermedios), así como del rol social que se espera del individuo sexuado, y de lo que su esencia y su actuar en la sociedad refleja ya no solo de sí mismo, sino de sus padres y familia inmediata. En este contexto tan exigente, es comprensible que, para dar respuesta a la emergencia social que nuestros cuerpos intersexuados representan ante propios y extraños, la práctica médica mexicana haya instrumentado por más de medio siglo el protocolo de atención que provino de los EE.UU. a partir de la década de 1950. Esta práctica permitía, a ojos de los padres de las personas intersex, la asimilación del individuo a la sociedad. El problema de este enfoque es que pasa por alto el interés propio del individuo, sacrificando las posibilidades de su cuerpo ante la presión de las estructuras sociales intolerantes hacia cualquier diferencia en la configuración sexual, estructuras que se sustentan en temores, ansiedades y fantasías. Sin embargo, de algunos años a la fecha, integrantes de la comunidad médica mexicana han comenzado a plantear una duda razonable sobre la pertinencia de continuar con la práctica heredada por sus antecesores. Por ejemplo, en 2009, un médico de uno de los hospitales de alta especialidad con mayor renombre en la Ciudad de México, sede de una de las principales clínicas de intervención a personas intersex, fue interrogado sobre si dichas intervenciones eran forzosas. Su respuesta fue que era difícil dejar de hacerlas, pues “el nivel cultural [en el país] es muy cerrado: o somos ‘A’ o somos ‘B'” (Rea Tizcareño. Intersexuales: la notable excepción a la regla, La Jornada, 7 de mayo de 2009). Esto refleja un entendimiento de las dificultades del contexto mexicano, pero también es un indicador de que muchos médicos ya no están convencidos de que el enfoque vigente sea el adecuado, es decir, que las características sexuales de la persona no necesitan ser intervenidas, sino que el cambio tiene que darse a nivel social.

La Guía de recomendaciones… reconoce los cuestionamientos hacia el enfoque médico actual y los procedimientos instrumentados a partir de la década de 1950: “Estas intervenciones médicas, que regularmente se orientan hacia la utilización de cirugías genitales en niños y niñas, actualmente son cuestionadas y han llegado a ser catalogadas como formas de abuso médico”, lo cual es una referencia clara a los Principios de Yogyakarta de 2008 y al documento conjunto de agencias de la ONU, en torno a la eliminación de la esterilización forzada, coordinado por la OMS, de 2014. En otro párrafo más adelante, y haciendo referencia a la segunda audiencia de la CIDH del 20 de marzo de 2017, dice: “Las configuraciones y las formas de los cuerpos intersexuales que anteriormente se consideraban malformaciones, en la actualidad pueden ser asimiladas como expresiones posibles de la variabilidad inherente a la vida humana(el énfasis es mío). En este sentido, la Guía de recomendaciones… reconoce que no sólo puede haber un análisis desde la perspectiva bioética, sino que también debe de incorporar “las recomendaciones […] en materia de derechos humanos que se han expuesto en los últimos años”.

El principal mérito de esta Guía radica en reconocer que la práctica médica ya no solo se puede contemplar en la descripción que tiene de sí misma, sino que también debe reflejarse y observarse desde la lente necesaria representada por el fuerte juicio a las prácticas vigentes por más de sesenta años, que proviene de los testimonios de vida de personas intersex, que han alzado sus voces para reivindicar así sus derechos humanos y los de las generaciones futuras.

En esta tónica, surgen valores clave del actuar clínico que urge que sean llevados a la práctica diaria, y que gracias a esta guía se vislumbra posible. Primero, se reconoce la necesidad de proporcionar información completa a los padres y al individuo, y la importancia de una comunicación abierta y completa para resolver la incertidumbre parental. Esto nos lleva a otro punto: consentimiento. El consentimiento ya no queda en manos únicamente de los padres, sino que la recomendación es la de retrasar todo procedimiento hasta que el individuo mismo sea el que pueda decidir (un ejemplo de esto es la indicación de detener las vaginoplastías en niñas hasta que haya una “madurez y conciencia necesarias para solicitar y consentir procedimientos de modificación permanentes”). Esto se traduce en un reconocimiento a la autonomía corporal y la autodeterminación. Al involucrar al individuo (niñx o adolescente) en la discusión sobre la pertinencia de los procedimientos, y sobre los tiempos en que deben ser llevados a cabo, se abre el camino para que eliminar o, por lo menos, reducir la secrecía y el estigma a un mínimo, en favor de un desarrollo psicológico con menos prejuicios. La necesidad de romper con el estigma demanda la inclusión de grupos de apoyo de pares (esto con el fin de brindar un sentido de pertenencia), y el acompañamiento a padres para reducir el grado de ansiedad y dar cauce a sus preocupaciones, desde una actitud positiva ante la diversidad corporal. Solo de esta forma se puede garantizar, además, el respeto a la integridad física. Pero la guía va más allá: cada caso es particular, y como tal, admite que es imposible “unificar procesos que en sí mismos son diferentes”. Por tal motivo, mientras que se hace un énfasis en salvaguardar el derecho a la autonomía corporal y a tomar decisiones antes “decisiones que involucren cambios irreversibles”, se restringen los procedimientos quirúrgicos a casos de recién nacidos donde “se encuentre en riesgo la vida o la funcionalidad de las personas”. Esto cubre condiciones englobadas bajo la definición amplia de intersexualidad, como la extrofia cloacal, cuyas características pueden justificar dichos procedimientos.

Por todo lo anterior, la simple publicación de la Guía de recomendaciones… representa un esfuerzo honesto y prometedor. El que la Secretaría de Salud decidiera poner manos a la obra para asumir un paradigma nuevo, orientado a aceptar que la realidad es diversa y no restrictiva, sienta las bases para un trabajo que implica la sensibilización y capacitación de los prestadores de servicios de salud; pero también exige que todos nosotros, padres, educadores y sociedad civil en general, construyamos espacios cada vez más abiertos y tolerantes que promuevan posibilidades de una vida plena.

El cambio será gradual. No puede ser de otra forma. Y es de esperar que haya retrocesos en el camino. La resistencia al cambio ha sido la constante de cualquier proceso social. Pero estamos en un camino en el cual no hay marcha atrás. Este Protocolo y la Guía de atención representan esperanzas claras, concretas, de que es posible dialogar y construir con la comunidad médica en favor de un futuro mejor para otros, para todos. No podemos corregir los errores del pasado, pero podemos trabajar por un presente más justo.

Consultar nota de prensa de la Secretaría de Salud.

(Última actualización: 10 de julio de 2017)

Comunicado sobre la resolución final en torno a la Sección xii del Proyecto de Resolución Promoción y Protección de Derechos Humanos de la XLVII Asamblea General de la OEA

22 de junio de 2017.

A la opinión pública:

Durante la XLVII Asamblea General de la OEA, llevada a cabo entre el 19 y el 21 de junio de 2017 en Cancún, Quintana Roo, México, la discusión del Proyecto de Resolución en cuestión fue escenario de un debate originado por la propuesta de redacción que contemplaba incluir el término “características intersex”. Dicho término fue rechazado ante la falta de un consenso mayoritario, teniendo por argumentos principales el que dicho término no existía en las legislaciones locales de los países que se opusieron, y que no emanaba de ningún tratado ni acuerdo internacional, por lo cual la propuesta fue calificada de unilateral.

Las personas y organizaciones que firmamos este comunicado, bajo el entendimiento de que al referirnos a “personas intersex” o “personas intersexuales” no aludimos a una identidad, sino a personas con variaciones congénitas en las características sexuales, consideramos que:

  1. Al ser los derechos humanos uno de los cuatro pilares usados por la OEA para alcanzar sus objetivos declarados, este organismo debe resolver de acuerdo a los avances logrados en la materia. La OEA funge como referente en la creación de acuerdos en DDHH, por lo cual debe de innovar y abrir brecha, desprenderse de presupuestos basados en dogmas y creencias populares cuando estas tiendan a estigmatizar y discriminar al otro.
  2. La demanda del reconocimiento de los derechos de las personas intersexuales no es la demanda de un privilegio o de un estatus especial: es la exigencia del respeto a los derechos humanos establecidos en acuerdos internacionales, tales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre los Derechos del Niño, los Principios de Yogyakarta, así como en el reconocimiento de los derechos que la CIDH ha avalado en las audiencias del 15 de marzo de 2013 y del 20 de marzo de 2017, convocadas para tratar la situación regional de las personas intersexuales.

Por tanto, y más allá del derecho a rechazar un término disonante con las legislaciones locales, la obligación de la asamblea es la de proponer y asumir una interpretación amplia, destinada a garantizar los derechos de las personas intersex, que son los mismos a los que cualquier otra persona debe tener acceso, sin importancia de su edad, nacionalidad, origen étnico, orientación sexual, identidad de género o diversidad corporal, entendida esta última desde las variaciones congénitas de las características sexuales. Dicha actitud requiere que los Estados miembros de la OEA identifiquen y reconozcan la violación sistemática a tales derechos, los cuales han sido documentados por relatorías de la propia CIDH (Violencia contra persona LGBTI, fechada el 12 de noviembre de 2015) y la ONU (Informe del Relator Especial sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, fechada el 5 de enero de 2016.)

En resumen: no criticamos el rechazo a una terminología considerada por esta asamblea como unilateral o inexistente en acuerdos internacionales. Criticamos la falta de compromiso de la asamblea para dialogar, reconocer, proponer y asumir no solo una nomenclatura, sino una postura firme para reconocer la problemática real a la que desde su infancia enfrentan las personas intersexuales y para defender sus DDHH.

Por lo anterior, llamamos a los Estados miembros de la OEA a:

  1. Asumir plenamente el pilar de los derechos humanos de todas las personas que habitan la región, reconociendo la situación en que se encuentran las personas intersex, debido a la violencia médica experimentada en sus cuerpos y a la discriminación de la que son sujetos.
  2. Educar a los representantes de derechos humanos de cada Estado miembro sobre el tema de la intersexualidad, recurriendo para ello al trabajo desarrollado por organismos internacionales (ej. Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos) y regionales (CIDH, Consejo de Europa, etc.)
  3. Incorporar a activistas intersex regionales y locales al trabajo de los organismos de derechos humanos del sistema interamericano y de cada país, a fin de legitimar los avances y propuestas que emanen de estos.
  4. Reconocer los desafíos particulares y culturales que enfrenta cada Estado y proponer acciones concretas para incorporar al lenguaje legislativo y jurídico la existencia de la diversidad corporal de las personas intersexuales.

Firman:

(Última actualización: 23 de junio de 2017)

PDF del comunicado original en españolComunicado sobre la resolución final en torno a la sección xii del Proyecto de Resolución Promoción y Protección de Derechos Humanos de la XLVII Asamblea General de la OEA

Public Release English translation PDF downloadPublic release on the final resolution on section xii of the 47th OAS GA Draft Resolution Towards Promotion and Protection of Human Rights

DOC del proyecto de resolución aprobado por la OEA (original en español)AG07431S03.doc

DOC da tradução Português do projeto de resolução aprovado pela OEAAG07431P06.doc

(Para traducciones pendientes del proyecto de resolución aprobado, consultar: Documentos de 47º Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea General de la OEA

El 4º Foro Internacional Intersex

En una nota algo atrasada (he tenido la intención de escribirla desde el mes pasado, pero solo ahora he encontrado el tiempo y las palabras adecuadas para hacerlo), del 20 al 23 de abril se llevó a cabo el 4º Foro Intersex Internacional en la ciudad de Ámsterdam, en los Países Bajos. Se dieron cita aproximadamente 40 activistas de todas partes del mundo, el número más alto hasta el momento en comparación con los tres foros previos.

Tuve la fortuna de acudir a dicho evento gracias al apoyo de los organizadores (Astraea Foundation, ILGA y la NNID, que fungió como anfitrión). La sensación general al inicio era de expectación. Pude apreciar que no solo me encontraba ante personas de diversas partes del mundo, sino que me encontraba ante un gran número de jóvenes, pero también estaba en presencia de algunos de los líderes más destacados del movimiento intersex global. También era de resaltar que el contingente que representábamos a países de América Latina era nutrido, en total éramos seis personas: Mauro Cabral (ARG), Laura Inter (MEX) Anaid IS (COL), Mar IS (MEX), Natasha Jiménez (CRC), y yo.

 

4ºforo

El foro fue un espacio muy valioso para escuchar y aprender de las personas que llevan un largo recorrido tratando de educar e informar a sus sociedades sobre la existencia de intersexualidad y sus características, pero también para enfrentar la cerrazón de los sectores más conservadores que se niegan a admitir que la intersexualidad no es una enfermedad ni una abominación, y que se puede tener una vida plena y satisfactoria a través de un cuerpo intersexuado.

Sin embargo, lo que más aprecié fue la oportunidad de charlar en corto con algunas de esas personas, especialmente con Holly Greenberry, de Intersex UK, de quien aprendí la experiencia viva de cómo un movimiento en pro de los derechos de las personas intersex (que son nada menos que derechos humanos) suele comenzar en una persona y una computadora, nada glamuroso ni sofisticado pero con ideas bien asentadas y objetivos muy claros, y atreviéndose a decir las cosas sin miedo a si sonarán correctas o no; y con Hiker Chiu, de OII-Chinese, cuya paciente visión sobre cómo educar a la sociedad y a las nuevas generaciones de profesionales de la salud, y de establecer un diálogo abierto con la comunidad médica puede resultar fructífero, pese a tratarse de un proceso lento y a veces poco satisfactorio. También me parece digna de destacar la presentación de Mauro, cuyo movimiento Justicia Intersex trabaja en su país para llevar al grado de reconocimiento legal y jurídico los derechos humanos de las personas intersex a pesar del clima político, una característica que define sin duda a muchos países en el mundo pero que condiciona de manera especial los avances de justicia y equidad social en una América Latina azotada por la plaga endémica de la corrupción, el ultraconservadurismo y los regímenes dictatoriales y totalitarios en torno a juntas militares, élites sociales o partidos políticos disfrazados de instituciones democráticas.

Recogiendo las palabras de Laura Inter en el Comunicado de Prensa emitido por el foro: “Damos la bienvenida a la oportunidad de aprender de la comunidad intersex global, hacer que nuestras voces sean escuchadas y desarrollar herramientas para continuar nuestro trabajo para las personas intersex en nuestros países”

A diferencia del emblemático Foro de Malta que precedió a éste, donde la producción y publicación de una declaración que afirmara y llamara al respeto de los derechos humanos de las personas intersex fue su aspecto culminante y definitorio, el Foro de Ámsterdam se destaca por el reconocimiento de la diversidad cultural global, característica innegable que llama a repensar la forma en que cada movimiento debe abordar las demandas por el respeto a los derechos de las personas ínter, reconociendo que hay prioridades y enfoques particulares en cada sociedad, y que existen fortalezas, rasgos y desafíos regionales específicos que deben ser tomados en cuenta antes de asumir una visión puramente occidental en el activismo intersex.

Para leer el Comunicado de Prensa en español: Comunicado de Prensa – Cuarto Foro Intersex Internacional.

Circular 7 de 2016: Un paso atrás en la lucha por los Derechos Humanos de las personas intersexuales en Chile. Por Laura Inter y Hana Aoi

(Última actualización: 15 de julio de 2017)

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Brújula Intersexual

CIRCULAR 7 DE 2016: UN PASO ATRÁS EN LA LUCHA POR LOS DERECHOS HUMANOS DE LAS PERSONAS INTERSEXUALES EN CHILE.

Por Laura Inter y Hana Aoi

Agradecimiento especial a la Dra. Eva Alcántara, quien colaboró en la revisión de este artículo.

Laura Inter es una activista intersexual nacida en la década de 1980, desde 2013 fundó y coordina el proyecto Brújula Intersexual, el cual se encarga de ofrecer apoyo e información a las personas intersexuales y sus familias. Laura fue diagnosticada con Hiperplasia Suprarrenal Congénita, nació con genitales intersexuales (también llamados “genitales ambiguos”), fue atendida fuera del sistema de salud público y su cuerpo no fue intervenido con cirugías, así que conserva su integridad corporal.

Hana Aoi es una activista intersex mexicana nacida en 1981. Fue sometida a tres distintas cirugías en su infancia, del todo innecesarias, en las cuales se le extirparon sus gónadas y se le practicó una…

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La vaginoplastía que nunca necesité.

A Guadalupe Chávez, por la inspiración. Y a mi madre, por su increíble valentía para viajar al pasado y ser mi memoria.

Verano de 1992 . En esas vacaciones nos trepamos al Volkswagen familiar y viajamos a un balneario en San Juan del Río. Me gustaba pasar el tiempo allá, sentir el sol cálido y chapotear en la alberca. Fue el verano de Barcelona, el verano del Dream Team (el único, el verdadero e inigualable).

Las vacaciones acabaron, pero el verano continuó: entré a sexto año de primaria. Sin embargo, a las pocas semanas de haber comenzado el año escolar, tuve que abandonar las clases por un mes. Fui internada en el Centro Médico La Raza, uno de los hospitales de alta especialidad de mayor renombre en México. El motivo: tenía programada una cita en el quirófano.

Fue el verano de la vaginoplastía que nunca necesité.

Vaginoplastía: esa cirugía cosmética que la mayoría de las veces se practica en mujeres adultas, a fin de “rejuvenecer” sus vaginas. También es una cirugía socorrida por algunas mujeres trans, en sintonía con su deseo por armonizar su identidad con un cuerpo en el que se sientan ell*s mism*s. Sin embargo, en un gran número de personas intersexuales con genitales ambiguos, se trata de una cirugía a la que son sometidas por la fuerza, para construírseles un conducto vaginal (o ampliarles el que tienen, si es que lo tienen) que tenga la función de ser penetrado durante el coito heterosexual. Es, más bien, una cirugía social. Y, si hemos de nombrarla como se debe, se trata de una forma de mutilación genital.

Detengámonos por un instante en esta palabra: mutilación. A mi mente, como a la de muchos, acuden imágenes terroríficas de miembros cercenados o extremidades colgando de un jirón sangrante de piel, resultado de la maldad de una mente perversa, de los horrores de una conflagración bélica, o de un terrible accidente. Pero rara vez consideramos que el significado de la palabra mutilación es mucho más simple y menos simbólico de lo que creemos: significa cortar una parte del cuerpo. Cualquiera; en este caso, una parte de los genitales. Cierto: hay casos más aparatosos que otros. Pero desde un punto de vista de semiótica (es decir, del significado mismo del concepto mutilar y de la connotación que adquiere al tratarse de tejidos saludables del cuerpo humano), cualquier operación que sólo busca moldear los genitales de una persona para hacerlos “estéticos”, esto es, agradables a la vista, y especialmente cuando se hacen sin consentimiento de la persona afectada (y, peor aún, sin su conocimiento), no puede menos que ser llamado por su nombre: mutilación.

En mi caso particular, las “eminencias” médicas que inspeccionaron mis genitales, ante la angustia de mis padres (a los cuales no culpo, porque ellos no contaban con toda la información de la que los padres de hoy disponen) decretaron que yo “necesitaba” una vaginoplastía porque, como resultado del proceso de desarrollo sexual intrauterino, en mi vulva había un tejido que “no debía existir”: un glande, es decir, la parte extrema del tubérculo genital con que nací, que en otras personas se desarrolla como un falo, en cualquiera de sus variedades (de las cuales, el pene y el clítoris idealizados son los ejemplos más conocidos). También resultaba “necesaria” porque los labios de mi vulva eran incipientes en comparación con lo que se espera de la vulva de una mujer (de hecho siguen siéndolo, comparativamente, y a pesar del intenso bombardeo de estrógenos conjugados con que mi cuerpo fue feminizado a partir de los trece años).

Hablemos un poco de técnicas empleadas en la vaginoplastía: una de ellas consiste en tomar un pedazo de colon y construir la vagina a partir de ese tejido. Es la técnica más socorrida, pero casi ningún médico informa a los padres de esa persona (o a las propias personas que optan por la vaginoplastía ya como adultos) que esta técnica tiene una secuela muy grave: una secreción vaginal recurrente que puede causar infecciones continuas. Otra técnica involucra el uso de una especie de globo para crear espacio en la abertura vaginal. En ambos casos, el uso de dilatadores es muy extendido para prevenir otro efecto secundario: la estenosis, o estrechamiento de las paredes vaginales, lo cual también es causa de infecciones. En mi caso, la vagina como tal no requería ampliarse ni reconstruirse por dentro, solo implicaba remover el tejido del glande, moldear mi vulva para hacerla parecer femenina (esto es, darle forma a los labios menores primitivos y a algo que se asemeja a unos labios mayores). Por eso fue que me libré de la inimaginable tortura que representa el tener que usar uno de esos objetos. Tortura que sí atraviesan muchxs otrxs, niñxs sobre todo, y todo a causa de un procedimiento prematuro y, por consecuencia, innecesario.

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Set de dilatadores vaginales

Recuerdo que mi madre no entró en muchos detalles cuando surgió la pregunta de por qué necesitaba ser internada. Me dijo que tenía un tejido que debían quitarme en mi vejiga (es decir, mi uretra). Años después, cuando hablamos abiertamente sobre ese episodio, me dijo que también había añadido “en tu vagina”. Pero para ser sincera, mi mente se quedó con la idea de que era algo relacionado con mi aparato urinario; lo que sí recuerdo claramente es que se enfatizó que la cirugía era necesaria “para que de grande no tuviera problemas.” Así, sin especificar. Admito que tampoco yo estaba segura de querer saber demasiado. Había un silencio implícito, una vergüenza que me invadía cuando se trataba de hablar de los genitales. Yo hacía como si no me pasara nada cada vez que mi médico tratante (junto con aquellos que lo acompañaban) me revisaba los genitales. Esto a pesar de que cada vez que lo hacía, me lastimaba la piel con sus guantes de látex al abrir esos primitivos labios de mi vulva intersexuada, tras de lo cual quedaba adolorida por espacio de unos minutos. Y es que hacer de cuenta que nada de eso me dolía me hacía sentir como una persona madura. Ser niño, o niña en mi caso, era divertido, tenía sus lados positivos, no digo que no fuera así; lo que digo es que, estando en el hospital, sentía la obligación de no ser yo misma, sino comportarme como otra persona. Como un adulto.

Me acuerdo que yo tenía un excelente estado de ánimo la mañana en que fui operada. De hecho iba motivada, porque sabía que, cualquier cosa que tuviera mal en mi vejiga, podía confiar en la destreza de los cirujanos que me iban a intervenir. Recuerdo que las enfermeras continuamente me preguntaban que cómo me sentía, y yo repetía “bien”, “muy bien”, y cualquier otra variante. Incluso antes de que me aplicaran la anestesia y me durmieran, recuerdo haberles deseado buena suerte.

Cuando desperté, todo fue vómito negro (por la anestesia), mareo, cansancio. Hasta el día siguiente fue que tuve mejor ánimo como para preguntar sobre el resultado de mi cirugía. Se lo pregunté a una enfermera que había ido a ponerme una aguja en el brazo para un suero o antibiótico o quién sabe que sustancia. Ella tomó el portapapeles de algún lado (probablemente del pie de mi cama), y me dijo: “tuviste una vaginoplastía.” De inmediato respingué: “¿Vagina? ¿No era mi vejiga lo que me iban a operar?”. “No, fue una vaginoplastía, reconstruyeron tu vagina”. Y no dijo más. Quizá no le estaba permitido decirme más, quizá no juzgó prudente informarme por completo (a pesar de que se trataba de mi cuerpo) o quizá simplemente no sabía nada más que lo que me había leído del portapapeles. En ese entonces yo ya sabía qué era una vagina, pero curiosamente solo hasta ese momento cobré consciencia plena de que yo tenía una. Y me la habían operado. ¿Para qué? Fue una pregunta que no hice sino hasta veinte años después. ¿Por qué no pregunté? Porque me daba vergüenza hablar de eso. Lo irónico fue que eso era el motivo por el cual había pasado toda una semana internada y con un catéter para evitar infecciones en los tejidos recién operados (todo lo cual era doloroso, incómodo y vergonzoso), y luego otras tres semanas en reposo absoluto, soportando las primeras noches la comezón que sentía, a consecuencia de la cicatrización de las heridas.

Cuando pienso en la pertinencia de esta cirugía, me da risa de solo pensar en lo inútil que resultaba. En primer lugar, porque mi salud no estaba en riesgo, los mismo médicos lo admitían. En segundo lugar, porque su función social, a la fecha, no tiene visos de cumplirse. Durante años traté de imaginar cómo sería una relación sexual. O mejor dicho, trataba de imaginarme durante un coito. No era que no entendiera de qué se trataba, sino que me preguntaba cómo era que de eso pudiera sentirse placer. Cuando comencé a explorar mi vagina con mis dedos, me encontré incapacitada de sentir que ello fuera placentero. El introducir un dedo ya me producía bastante molestia, así que no me imaginaba cómo algo como un pene erecto podría generar algo cercano al placer. Ciertamente no me habían moldeado los genitales con fines reproductivos. A pesar de que tuve un novio y luego un pretendiente, ambos hombres cis, nunca tuve ni el deseo ni la confianza suficientes como para llegar a la intimidad. Dada mi orientación sexual tan abierta, suponía que al no ser tan importante la penetración estando con otra mujer, una relación sexual de ese tipo podría resultarme realmente placentera. Pero una lesbofobia interiorizada, que me persiguió por muchos años, me impidió vivir abiertamente esa parte de mi orientación. Al final, no fue sino hasta muchos años después que pude explorar mi sexualidad, ya no a solas sino en compañía de una pareja, con la cual sentía la confianza de saber que no habría un rechazo, y la cual supo darme mi tiempo y mi espacio para llegar a la intimidad, sin lastimarme y brindándome esa ternura que todos los seres humanos anhelamos encontrar en algún punto de nuestras vidas. “Buscándole”, y con un poco de imaginación, aprendí que mi cuerpo podía ser estimulado de otras formas. Aprendí, sobre todo, que el cariño y el deseo mismos son afrodisiacos sumamente efectivos.

Hoy me refiero a esta cirugía como “la vaginoplastía que nunca necesité” porque en realidad mi cuerpo nació con una vagina propia que, de haberle permitido desarrollarse por sí sola, a través de las hormonas de las gónadas que me removieron “por ser cancerígenas”, hubiera satisfecho mis deseos y necesidades de maneras que hoy no tiene caso ya imaginar. Parafraseando a Guadalupe Chávez: mi felicidad no la encontré en una vagina; en mi caso, la encontré superando los prejuicios que había dejado que me controlaran; la encontré desvelando el pasado, liberándome del silencio. La encontré en volver a escribir, en dejar de querer complacer a otros. La encontré reconciliándome con mi cuerpo, conmigo misma, con mi madre y con mis seres queridos

Mi felicidad la encontré abriéndome a las posibilidades de la vida. Y hoy la vivo, contando estos fragmentos de mi historia, con la esperanza de que quien haya pasado por una experiencia similar pueda sentirse identificado y acompañado; y de que ningún otrx niñx tenga que pasar por ella.

Aún si es un grito en el desierto, pido a los padres de bebés intersexuales que aprovechen que cuentan con mucha información, que existen grupos de apoyo y testimonios de adultos que alguna vez fuimos niñxs sometidos a intervenciones no consentidas, para que aprendan de los errores de nuestros padres, y para que nos ayuden a construir una sociedad más libre y tolerante, partiendo del amor hacia sus pequeñxs.

Interfobia

(Título de la imagen: Homenajeando a lxs antepasadxs intersex. Crédito: Bonnie Hart. Tomada del sitio IntersexDay.org)

No existe una entrada en el diccionario que defina la palabra interfobia. Algunos podrían argumentar que dicho término es inexistente. Sin embargo, ante la existencia de un fenómeno real que tiene que ser nombrado, la palabra surge por necesidad.

Defino interfobia como el temor o el rechazo a los cuerpos que poseen variantes en sus características sexuales, motivo por el cual son inclasificables dentro del esquema binario del sexo de un ser humano.

Desarrollando un poco más esta idea, la interfobia se alimenta de miedos, como el miedo a lo diferente, pero también el miedo al estigma social. Proviene también de las definiciones rígidas que la sociedad tiene sobre lo que hace hombre a un hombre y mujer a una mujer, sin dar lugar a posibilidades más allá.

La interfobia se da como resultado de una negativa a reconocer que los cuerpos intersexuales pueden ser (y lo son) vehículos para conducir una vida plena y satisfactoria.

La interfobia se manifiesta en muchas partes, y está íntimamente vinculada con la homofobia y la transfobia, porque el sexo de una persona está sobrecargado de elementos simbólicos sobre la sexualidad, jugada desde la orientación y la identidad de género. El sexo y la sexualidad de una persona no solo le competen a esa persona, sino que la sociedad se arroba el derecho de determinar si cuerpo, identidad y orientación son aceptables. Incluso en sociedades laicas, el lastre del control sobre sexo y sexualidad que viene de los siglos pasados sigue siendo terreno fértil para estas manifestaciones de odio y rechazo, y el consiguiente control (médico, en el caso de la intersexualidad) sobre la vida y el cuerpo de las personas. En sociedades como la nuestra, donde la mayoría de las veces las creencias religiosas, tan arraigadas en la cultura, se expresan con odio y desdén a lo diferente, las fobias causan un daño aún mayor a la dignidad e integridad física de muchas personas.

Sabemos que los médicos, con su enfoque centrado en una intervención temprana para normalizar las características sexuales de un cuerpo intersexual, son eminentemente interfóbicos. Sin embargo, la interfobia sin intención que proviene de los propios padres de familia es la que causa el mayor daño. La angustia parental, ese estado de shock en que suelen caer tantos padres cuando se enteran o se percatan de la diferencia en los genitales, en las gónadas o en los cromosomas de sus hijxs, es consecuencia directa de un temor muy profundo a enfrentar a la sociedad. En Fixing Sex, Katrina Karkazis da cuenta de varios casos de padres de familia que se enfrentaron a un desconcierto inicial que luego daba pie a otras fases como la negación o la furia. Al leer los testimonios de estos padres, uno no puede evitar comparar este proceso con el proceso de aceptación de la muerte. Aceptar el cuerpo intersexual de un hijx pareciera asemejarse a una negociación interna. Muchos padres no consiguen articular en el momento la tormenta emocional en la que se encuentran inmersos cuando reciben la noticia y se ven presionados a tomar decisiones (que no tendrían por qué ser presionados, ni son decisiones que les correspondiese tomar). Pero al cabo de los años, cuando relatan los momentos que vivieron, se percibe claramente que existe un momento de duda. Lo único que quieren es un bebé que entre en la norma, o lo que es lo mismo, un bebé normal. Un niño, una niña. Solo quieren irse a casa con un bebé al cual puedan identificar claramente como uno o como otro, y no tener que enfrentar la mar de cuestionamientos y señalamientos al no saber qué responder a la pregunta “¿Es niño o niña?”. Un bebé que no entra en la norma, es decir, un bebé cuyo cuerpo los fuerza a reconstruir estructuras mentales en un momento totalmente inesperado, es, a sus ojos, un bebé anormal, en todas sus acepciones posibles, incluyendo las más deplorables. Hay un sentimiento inicial de rechazo. Desde luego, también surge un sentimiento real de amor, una necesidad de proteger a esx pequeñx (muchas veces llevado al extremo de la sobreprotección), pero la incondicionalidad del amor que se supone conlleva el convertirse en padres brilla por su ausencia en el momento del anuncio. Cabe aclarar: el rechazo no es hacia el bebé, sino hacia su cuerpo, y a lo que su cuerpo significa. Por mucho que se encuentren incapacitados de articular con palabras los significados que cada uno le da al sexo y a la sexualidad humanas, la angustia que tanto se ha descrito es la expresión de ese rechazo. Si algo hemos aprendido de la psicología es justo eso: que la mente no siempre es capaz de estar consciente de todos los significados que atribuimos a las cosas y a las personas que nos rodean, y que a falta de ello se manifiestan de otras formas, porque nada se puede reprimir para siempre.

Por eso, en un momento tan intenso y tan tortuoso, la voz del médico (que además es la única disponible, pues a la fecha los grupos de pares y de apoyo de personas intersexuales siguen siendo excluidos del proceso), resuena como la de un salvador. No importa si el cuerpo es totalmente sano o no, lo que importa es corregir el defecto que transgrede la norma. Unos genitales “ambiguos”, unas gónadas “incorrectas”, no representan un defecto que prive de una vida saludable al recién nacido (o a la persona intersex en general, cualquiera que sea su edad y cualquiera que sea el momento en que descubra la diferencia de su cuerpo respecto al grueso de la población); representan una emergencia social derivado de un rechazo asimilado hacia lo diferente, especialmente porque se trata del sexo y de la sexualidad.

Lidiar con la interfobia de raíz requiere una transformación en el modo en que la sociedad mira a la intersexualidad. La visibilidad no se restringe solo a una educación de la población en general, sino que debe enfocarse de manera especial en quienes están en el proceso de convertirse en padres. De hecho, en mi opinión, los futuros padres tienen mayor necesidad de educarse. Si estas personas supieran con claridad que, de cada 1000 recién nacidos, 17 tienen un cuerpo con características intersexuales (sean o no visibles al nacer), probablemente la angustia parental sería menor. Si los best-sellers sobre el proceso de gestación mencionaran con toda naturalidad la posibilidad de tener un bebé con características intersexuales, y se indicara que se trata de bebés saludables cuyas características sexuales no requieren ninguna intervención médica (fuera de condiciones de salud muy específicas a atender), los eventuales padres de un bebé así no entrarían en pánico, por inesperada que fuera la noticia. Y digo esto porque considero que, mientras el sexo de una persona siga teniendo tantos elementos simbólicos, y represente una gama de expectativas de vida, los cuerpos intersexuales seguirán siendo motivo de sorpresa. La diferencia radical en este enfoque estriba en que, al estar más o menos consciente de la posibilidad de un nacimiento de ese tipo, esa angustia social se aminora. Los padres saben que no están solos. Saben que debe existir más gente como su bebé, y que es posible llevar una vida saludable y plena sin tener que someter a su hijx a cirugías irreversibles. Se genera un espacio, una ventana de oportunidad para que los padres busquen, con más tranquilidad y menos desesperación, la información y el apoyo de otras personas, especialmente de quienes promueven la posibilidad de una crianza libre de prejuicios y protectora de la integridad física de un niño con un cuerpo intersexual. Y aunque el proceso no es inmediato, un escenario así, repetido en múltiples familias, va dando pie a esa transformación social. Claro, es difícil, porque aún resta la labor titánica de generar consciencia entre familiares, educadores, otros padres, instructores deportivos, y posteriormente centros laborales, a fin de ir creando los espacios propicios para que toda persona, sin importar la forma de sus características sexuales o su funcionamiento metabólico, pueda tener la oportunidad real de desenvolverse con libertad y construir una vida satisfactoria y libre de estigmas y prejuicios.

Por supuesto, los prejuicios no se irán tan rápidamente, porque estos provienen de generaciones pasadas. Pero en la medida en que sepamos distinguir entre dogmas y valores, aprenderemos a poner la dignidad de las personas por encima de creencias caducas que nos limitan de crear un mundo menos injusto y más inclusivo con todos los seres humanos.

La bandera de otros (o de cómo hacen falta más voces e historias intersex).

Todos necesitamos de aliados en algún punto de nuestro andar por el mundo.

Sin embargo, a veces me pregunto qué tan valioso resulta el apoyo de algunos “aliados” que recogen algunos aspectos de nuestra persona para articular sus propias demandas. Pienso en este momento en quienes, a su conveniencia, hablan sobre la corporalidad no-binaria y las variantes de las características sexuales de las personas intersex, para así desmitificar diversos aspectos de la heteronormatividad como la identidad de género, para no ir lejos.

Como se ilustra en este cómic de la fantástica Sophie Labelle (un ejemplo de una verdadera aliada), muchas veces no somos más un buen argumento para la causa de otros:

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@assignedmale, de Sophie Labelle. Traducción de Laura Inter.

Lo anterior me aflige bastante porque, en el poco tiempo que llevo trabajando en pro de la visibilidad intersex, he atestiguado el cómo muchos grupos de activismo pro LGBTQ, sexólogos, académicos y estudiantes utilizan nuestra mera existencia para justificar sus casos, sus estudios, sus campañas de políticas públicas en favor de la diversidad sexual (mencionándonos pero dejándonos a un lado) y al fin hacerse de un nombre y una reputación de expertos, antes que interesarse genuinamente por nosotros y nuestras problemáticas cotidianas. Nos incluyen en el acrónimo LGBTQI (en México se usa LGBTTTI). Pero esa “I” sigue siendo desconocida e incomprendida, cuando no abiertamente ignorada, por esos mismos “aliados”, que se acercan para solicitarte apoyo, sea el tuyo o el de la comunidad intersex, pero que no expresan el cómo van a apoyar de vuelta a la propia comunidad; en mi comprensión básica, un aliado pide, pero no se olvida de retribuir.

Cuando veo a esos “aliados” hablar por nosotrxs, en nuestro nombre, pero sin nosotrxs, y sin entendernos, y usándonos con descaro sólo para reafirmar los postulados de sus propias causas, me viene a la mente un dicho mexicano que reza: “¡No me defiendas, compadre!”. O sea: “ya deja de ‘ayudarme’, porque me estás perjudicando”. ¿Por qué perjudicar? Porque:

  1. Cuando un “aliado” no tiene un claro entendimiento de nuestra lucha concreta por consolidar nuestros derechos humanos; cuando no conoce las muy diversas características que nuestros cuerpos presentan y de las historias que hemos vivido dentro de esos cuerpos (la experiencia de una persona intersex puede ser muy diferente a la de otra); y cuando no tiene la claridad de los problemas diarios con que tenemos que lidiar (salud y asistencia médica, acoso escolar y en entornos laborales, dificultades con la familia y hasta con la pareja), ese “aliado” termina por simplificar nuestra existencia a un mero estereotipo (“una persona intersex es una persona que tiene partes de ambos sexos”, es solo una de las barbaridades con las que muchos “aliados” han llegado a describirnos). Al ocurrir esto, ¿cómo podemos esperar que el común de las personas comprenda nuestra demanda, o siquiera se entere de lo que significa la intersexualidad, cuando escuchan por primera vez de nosotros por boca de esos “aliados”?
  2. Cuando un “aliado” nos utiliza para sus propios objetivos, para desarmar las nociones de identidad y roles de género, para generar políticas públicas de inclusión que sólo contemplan los aspectos de orientación sexual e identidad de género (SOGI, por sus siglas en inglés), nuestras demandas específicas generalmente son excluidas. Es cierto que muchas personas intersex no se identifican con las definiciones típicas de género binario, y que hay otras que además tienen orientaciones no heterosexuales; pero nuestra lucha se debe a la existencia de un poderoso ente médico-social que no concibe la posibilidad de que una persona con características sexuales diferentes al estereotipo binario masculino-femenino pueda llegar a ser pleno y feliz tal y como ha nacido. Nuestra lucha es por la defensa de nuestros DDHH inalienables. Pero nuestros “aliados” fallan (no se si por falta de capacidad o por desinterés) en comprenderlo, y cuando sus propias luchas rinden frutos, no hay ninguno en favor de nuestras exigencias. Ni siquiera el citarnos como la “I” dentro de LGBTQI parece ayudar a que haya una mayor visibilidad de la intersexualidad entre el grueso de la población. No es visible la manera en que esas “alianzas” nos estén ayudando a sentar las bases de un futuro más promisorio para lxs niñxs intersex, por citar un ejemplo. No se ve cómo la mera sensibilización sobre niñxs de género diverso pueda beneficiar a unx niñx intersex, cuando que su realidad no necesariamente (ni únicamente) se define por una discrepancia entre identidad de género y sexo asignado al nacer; queda fuera el aspecto más importante de esx niñx: su corporalidad innata, sus características sexuales.

Ya en 2002, un estudio sobre la forma en que la intersexualidad era abordada en las aulas de los cursos de Estudios de Género (Koyama y Weasel, 2002. From Social Construction to Social Justice) sugería que para la agenda política LGBT no era claro que el activismo intersex requiriese de un enfoque diferente y “un conjunto de prioridades distinto que el del activismo de las comunidades LGBT” (la traducción es mía). Quince años han pasado, y la situación no es tan diferente.

La necesidad de contar con argumentos a favor de la deconstrucción de las identidades de género y de los roles estereotipados hacen de nuestra lucha, pero a veces de nuestra mera existencia, una herramienta útil para las otras luchas y debates. No puedo decir que esto sea negativo por sí solo. De hecho, la sola generación de ideas y reflexiones suele ser benéfico para todxs. Pero, ahora más que nunca, es tiempo de que sea el propio movimiento intersex el que asuma los reflectores que hoy están siendo ocupados, a nombre nuestro pero sin nosotrxs, por otras personas que no son verdaderos aliados, que no sienten un compromiso real con nuestra lucha. El micrófono, las ideas, las propuestas de ley, los procesos de sensibilización y alfabetización de las personas sobre el tema de la intersexualidad y la representación de nuestra comunidad ante entidades gubernamentales; en suma, la lucha por nuestros derechos humanos, debe de ser asumida plenamente por voces de adentro de la misma comunidad intersex, apoyados y acompañados (pero nunca reemplazados) por los verdaderos aliados que tienen interés en ver que nuestra lucha reditúe beneficios para la población intersex presente y futura. La invitación está abierta para las personas intersex a nivel local y regional, pues hace falta generar ideas y soluciones propias, aprovechando el apoyo y logros de las comunidades de otras latitudes, pero sin “tropicalizar” propuestas que no aborden los problemas de nuestros entornos. Por ejemplo: no es lo mismo ser una persona intersex en uno de los más privilegiados países de Europa Central que serlo en la comunidad más remota del estado de Michoacán; el primer caso enfrenta una lucha muy específica contra una cultura que confía a ciegas en la opinión de médicos altamente especializados y una industria farmacéutica que se beneficia de que los procedimientos hasta hoy practicados sigan su curso, porque cada vez que se le remueven las gónadas a una criatura debido a un pobre diagnóstico de malignidad cancerígena, se fabrica un cliente que requerirá terapia de remplazo hormonal de por vida. En cambio, una persona que vive en una ranchería, cuya familia aprende a guardar el secreto para evitar el estigma, que no es llevada nunca a una clínica porque no existe cobertura médica, puede vivir hasta llegar a ser adulta y descubrir su condición intersex sólo al recurrir por primera vez en su vida a un médico por un problema de salud completamente ajeno a sus características sexuales. Esa persona enfrenta entonces otra problemática, ya no de índole clínica, sino de índole social.

¿Cuántos de los que hoy se proclaman como nuestros “aliados” tienen clara la diferencia? ¿Cuántos de ellos tienen una idea de lo difícil que es hablar de intersexualidad con una persona que no puede articular su propia intersexualidad porque no tiene el lenguaje aunque la viva todos los días, y que por añadidura tiene que enfrentar la dificultades de un entorno socioeconómico desfavorable y muchas veces violento (realidad cotidiana de millones de personas tan solo en México)?

Esta reflexión surge en el marco del Día Internacional de la Lucha contra la Homofobia y Transfobia (IDAHOT). A menudo pasada por alto, la interfobia (aspecto que abordaré en otra publicación) también forma parte ya de esta lucha. De hecho, el acrónimo IDAHOT ha sido acompañado de unos años acá por otro más: IDAHOBIT, el cual incluye la intersexualidad y a otra comunidad acaso igual de desatendida e incomprendida: la bisexual. La visibilidad de nuestras demandas es una de las prioridades del movimiento, y esa visibilidad no la da otra cosa que el alzamiento de las voces de otras personas intersex y de sus historias. Sin esas voces, no se puede hablar de intersexualidad. Citando el famoso aforismo de Ludwig Wittgenstein:

De lo que no se puede hablar, es mejor callarse.

¿Hasta cuando podremos seguir callando? Por esto es que hace falta hablar, con nuestras propias voces, para romper el silencio, y enunciar nuestras necesidades y demandas, con nuestras propias palabras.

No podemos esperar ya que otros nos ayuden a conseguirlo; ciertamente, no podemos seguir permitiendo que otros enarbolen nuestra bandera para sus fines particulares. Incluso si lo que queremos es que sean las voces de nuestros aliados verdaderos las que nos abran paso y luchen a nuestro lado por sobre el oportunismo de otros, es imperativo que demos el primer paso, estrechemos nuestros vínculos, nos hagamos visibles (entre nosotrxs, por lo menos) y hablemos alto y claro.