Publicado en Comunidad intersexual, Espiritualidad, Experiencia personal

De espiritualidad, (pseudo)ciencia y ateísmo.

Imagine there’s no Heaven 
It’s easy if you try 
And no Hell below us 
Above us only sky 

Imagine all the people 
Living for today

John Lennon. Imagine

 

Cada persona define la espiritualidad de una manera particular. Esto se debe a que la espiritualidad es una experiencia enteramente subjetiva. Más allá de dogmas religiosos, se trata de lo que uno percibe, de lo que trasciende a la mera anécdota cotidiana, de lo que brinda sentido a lo que hacemos.

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Yo no vengo aquí a hablar de dioses. Pese al título, tampoco vengo a promocionar el ateísmo. Solo soy una persona que, después de haber intentado encajar en una definición forzada del mundo, de los cuerpos, de orientaciones y de género, ha acabado por cuestionar de manera crítica los aprendizajes dogmáticos de la infancia, y alejarse de ellos por salud mental. No soy atea porque afirme con brutalidad que no existen los dioses. Pero tampoco encuentro ya razones para creer en ellos, fuera de que existan o no, ni mucho menos en las instituciones (me refiero en particular, pero no exclusivamente, a las cristianas, porque ese es el trasfondo del que provengo) que solo han controlado las mentes y las voluntades de millones de personas a lo largo de la historia a través de dos instrumentos: la culpabilidad y el miedo a lo diferente.

Todo este preámbulo es para abordar el tema de las necesidades espirituales de las personas intersex. Como seres humanos, también nuestras mentes poseen esa necesidad de creer en algo más. Las religiones, pero más a menudo los pastores y demás clérigos de la grey de cada una de ellas, tienen sus opiniones particulares. He sabido que hay quienes se obstinan en sostener que la intersexualidad no solo es una patología, sino el resultado de pecados que provienen de los padres. Incluso entre algunos budistas, con un pensamiento más flexible que el que proviene de Occidente, se plantea la posibilidad de que las personas intersex arrastremos una serie de consecuencias kármicas negativas que nos ha acarreado la condición corporal específica de esta existencia.

¿Quién podría asegurar dónde se encuentra la verdad?

Solo nos queda atenernos a los hechos: nacemos en el contexto de la naturaleza, no solo nosotrxs como seres humanos sino también en otras especies de mamíferos (casos del potro nacido en Ontario o de la leona en Botswana). Somos personas con características sexuales que desafían nociones sociales de género. Históricamente las sociedades recurren a las instituciones religiosas como punto de referencia para tener respuestas simples (que a veces terminan siendo simplistas) a inquietudes sobre el mundo y las amenazas que se perciben. Y nuestros cuerpos son una amenaza a conceptos que se suponen incuestionables. Es común encontrarse con gente que, con un lenguaje a menudo hostil, sostiene que un cierto dios ha creado solamente a hombre y mujer, y que todo lo demás son aberraciones o pecado, o incluso inventos de los medios o de ese fantasma esgrimido por esferas conservadoras de ciertos credos cristianos, al que denominan “ideología de género”, para englobar todo aquello que perciben como un atentado contra sus principios dogmáticos sobre lo que es natural y lo que no. Peor aún, me he topado con argumentos sin sustento, que plantean que, “científicamente”, solo existen dos sexos y dos géneros, que son indisociables de las características sexuales innatas, negando e ignorando así, porque a menudo es ignorancia rampante y nada más, nuestra existencia como personas intersexuales. Quienes de una u otra forma desean erigirse como vencedores en estas estériles diatribas, donde rara vez se hace presente la razón, olvidan que la ciencia no es una religión, y que su principio esencial es el observar los hechos, analizarlos y cuestionar las “verdades” científicas. Es este pensamiento el que ha llevado a responder dudas y conocer misterios del universo y de la naturaleza que nos rodea. Como hemos visto a través de la historia, hay conocimientos que se tenían por verdad absoluta que se refutan por la presencia de evidencia que fuerza un nuevo análisis, una nueva hipótesis y un nuevo resultado. Así, hay quienes en EE.UU. siguen negando la evolución biológica, sugiriendo que esta es solo una opinión, y no un hecho basado en años de estudio para probar, refutar y complementar teorías que han dejado de ser solo teorías, porque han sido, de hecho, probadas con hechos duros. ¿Quién, a la luz de los hechos duros, puede negar la existencia de las personas intersexuales? ¿Quién puede recurrir a una pobrísima y falaz interpretación de la ciencia para afirmar que somos una aberración, una anomalía, cuando que somos millones de personas?

¿Cuántos tenemos que ser para que a la mirada llena de prejuicios tengamos la calidad de seres humanos, y tengamos derecho a serlo plenamente? 

No importa cuántos: para esa mirada, somos “los otros”. Somos los que hay que temer, los que hay que rechazar, los que hay que negar. ¿Cómo encontrar refugio en un credo que más allá de las virtudes teologales y de la misericordia exaltada por el mayor de sus profetas, se empeña en reducirnos a una condición infrahumana, solo redimible mediante la renunciación a nuestra esencia, a la diversidad interior y exterior que es la que nos hace humanos en todas sus dimensiones? La espiritualidad de las personas es asunto de cada una de ellas. Nosotrxs también tenemos esa dimensión. La necesidad de trascender, de saber que algo permanece más allá de la materia; que este cuerpo en que hemos nacido no es un castigo, ni un pecado, ni una consecuencia de un karma negativo; que, evidentemente, no es una malformación ni un trastorno durante la gestación. La ciencia nos da respuestas sobre cómo es que nuestros cuerpos se diferencian, cuáles son los genes, cuáles los procesos endocrinos que confluyen. Pero no podemos buscar ni interpretar más allá de los hechos, porque los hechos son solo eso. La necesidad de darle un sentido a esto, quizá una de las búsquedas más acuciantes durante los momentos más obscuros en la vida de una persona sometida por largos años al estigma, a la discriminación, a la violencia, a los recuerdos acallados por la vergüenza, desemboca de formas muy distintas en las personas que logran sobrevivir al proceso. Cuando interiormente acusamos a una deidad por la vida que nos toca enfrentar, cuando la desesperación se adueña de unx porque no hay adónde recurrir, solo el recurso de la supervivencia, de aferrarse al momento, uno tras otro, nos ayuda a continuar, a veces sin percatarnos. Conocemos las profundidades del corazón humano, sus aspectos más duros, porque nos han forzado a ello. Quizá eso sea una fuente de sentido y de consuelo para algunos. Para otros, será el combustible que alimente una nueva forma de vivir. Para otros más, será la cicatriz más dolorosa de cuantas cicatrices físicas nos hayan dejado los escalpelos y la negligencia médica en los tratamientos hormonales.

Quizá la única opción realista consiste en reconocer que hemos sobrevivido a prejuicios, a vejaciones, a discriminación, no solo de la sociedad sino hasta de nuestra propia familia, para poder vivir y dar un ejemplo de vida. La compasión, la misericordia, no son conceptos asequibles a quienes no han superado aquello por lo que nosotrxs hemos atravesado, y viven una vida “de rectitud” sin asomarse realmente a abrir su corazón, aceptando al otro sin juzgarlo ni condenarlo, en una actitud de semejantes, de pares, no desde un falso pedestal de moralidad superior. Así, tampoco nosotrxs somos santos ni iluminados. Pero sí podemos aspirar a vivir en paz con nosotrxs mismxs, sobre todo cuando tomamos la mano de otra persona intersexual, ya sea para brindarle nuestro apoyo, o ya sea para aceptar el suyo.

Quizá eso es todo lo que necesitamos.

 

 

 

 

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La importancia del apoyo mutuo y las redes sociales

Cuando en febrero del 2016 contacté por primera vez con Brújula Intersexual, poco sabía de lo mucho que en el curso de un año mi vida se transformaría gracias a la interacción que tendría con la comunidad intersexual que se había conformado en torno al proyecto.  No intuía que encontraría amistad, apoyo de mis pares, alianzas; menos aún, que encontraría el tierno afecto de una pareja.

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No paro de recalcar un rasgo que las personas intersex compartimos cuando nos lanzamos a indagar sobre nuestro pasado: que estamos terriblemente solxs. La falta de visibilidad de la intersexualidad es sinónimo de aislamiento, lo mismo que el estigma es sinónimo de silencio. ¿A dónde acudimos cuando, sabiéndonos distintos, nos está vedado hablar de forma abierta lo que vivimos, lo que sentimos, lo que hemos atravesado? Son muy pocos los amigos (los de verdad) con los que se puede abordar lo que nos pasa por la mente. La familia casi nunca cumple ese propósito, porque padres y hermanos también guardan silencio y comparten la vergüenza del estigma. En el mejor de los casos, se cuenta con un apoyo tácito y un respaldo de cariño; en el peor, la familia resulta tan nociva como el resto de la sociedad.

Contactar a una persona intersex, o a un grupo como el que Brújula se ha erigido, tampoco resulta tan simple como parece. La necesidad de averiguar sobre unx mismx, de conocer las historias de otras personas, de sentirse identificadx es natural, pero de ahí a atreverse a enviar un simple saludo hay un gran salto. El común denominador es la inseguridad, el miedo a ser juzgadx que proviene del rechazo y de una autoestima socavada tras años de sentir que hay algo malo con unx. Que es unx quien nació mal, que es unx el error, que es unx la patología. Abrirse, entablar un vínculo de confianza, puede resultar aterrador según la persona. Hay quienes con más valentía se arrojan y encuentran de inmediato esa calidez en la recepción de una comunidad que, aunque pequeña, es receptiva. No es pequeña porque seamos pocxs; es pequeña precisamente por esa falta de visibilidad que permita un acercamiento mayor. Cada vez se siente que esta invisibilidad va cambiando, que es un poquito menos que antes. Pero falta mucho.

La primera vez que contacté a Brújula fue en febrero del año pasado, lo dije ya; pero me tomó hasta junio para animarme a comunicarme vía chat con Laura Inter; otro más me costó juntar el valor para de hecho dejar que las barreras de la desconfianza comenzaran a caer. En noviembre conocí a Laura y a tres personas inter más. Fue la vez que decidí hablar en Conapred. ¡No es fácil pararse frente a un grupo de desconocidos y hablar de la experiencia propia! Pero ahí estábamos, cinco personas intersex dando nuestro testimonio de vida. Tener el apoyo mutuo ayuda a mantenerse de pie y continuar hablando.

Hago mención de todo esto porque recién hace tres semanas tuve oportunidad de acudir a una reunión que tuvo lugar en el sur de la Ciudad de México. En total éramos siete personas intersex. Pocas veces he sentido la camaradería espontánea que en esta ocasión surgió. Veníamos de realidades y contextos diferentes, pero el simple hecho de saber que no teníamos que ocultar nada sobre nuestro pasado, que podíamos hablar libremente de vivencias y experiencias, de la manera en que miramos el mundo, y hasta de encontrar muchos aspectos en común, todo eso contribuyó a generar una atmósfera de confianza única.

Gracias al surgimiento de Internet y las redes sociales es que los individuos de la casi invisible comunidad intersexual hemos podido conectarnos, poco a poco. Contar con una persona a la cual platicarle las cosas que vives, las que te preocupan, sobre todo porque sabes que esa persona entiende por lo que has vivido, es invaluable, inclusive si esa persona no está físicamente contigo. No es solo recurrir a un amigo; tampoco es como ir con un terapeuta. Es contar con un vínculo solidario, compasivo, que proviene no solo de imaginarse en los zapatos de la otra persona, sino de haber estado de hecho en ellos.

En lo personal, ha sido todo un viaje el haberme abierto a otras personas intersex como yo. Pero la retribución ha sido enorme, no solo por lo que he encontrado sino porque he descubierto que también yo cuento con algo valioso para dar. Y lo doy porque, como hace poco me lo dijo una persona intersex, lo que más nos ayuda es esa unión entre nosotrxs, ese apoyo mutuo. Creo, desde luego, que hay muchas cosas más que podemos hacer, como comunidad, como sociedad; pero el simple hecho de estar ahí para otrxs, y de que otrxs estén ahí para unx, es un paso gigantesco, es un acto de generosidad que resulta tan revolucionario como el activismo más acendrado.

Si eres una persona intersex en México (o en cualquier parte, que de nuevo esa es la belleza de estar en línea) que estás leyendo esta publicación, y quieres ponerte en contacto con otras personas como tú, sea porque tienes dudas, sea porque te sientes solx, no dudes en contactarme, o directo con Brújula Intersexual. Si a mi me cambió la vida, ¿por qué a ti no?

 

 

 

 

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Audio: Brújula Intersexual habla sobre “¿Qué significa ser intersexual?” en el programa de radio Sexópolis

El pasado miércoles 1 de marzo tuve la oportunidad, junto a Mara Toledo y Odette, persona intersex, de representar a Brújula Intersexual en el programa de radio Sexópolis de Paulina Millán, sexóloga y catedrática de la diversidad sexual, en una charla muy amena sobre distintos aspectos de la intersexualidad. Los invito a que escuchen el audio del programa.

Source: Audio: Brújula Intersexual habla sobre “¿Qué significa ser intersexual?” en el programa de radio Sexópolis

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La intersexualidad como identidad política

El pasado miércoles 8 de febrero tuve la fortuna de representar a Brújula Intersexual junto con Mara Toledo y dos compañerxs más del grupo en una mesa de trabajo llamada Identidades en disputa, abordando el tema “Intersexualidad: de la biología a la identidad”, en la Universidad de Londres, en la Ciudad de México. La audiencia fue conformada sobre todo por estudiantes de psicología, ya con algún conocimiento sobre temas de género, un aspecto que abona a su formación dado que se trata de futuros profesionales que en un momento dado también atenderán en su práctica clínica a personas LGBTQ+I, sino también profesionales del área de recursos humanos que velarán por la integración y el respeto a la diversidad en entornos laborales.

Uno de los aspecto que con mayores ansias espero de estos eventos es la ronda de preguntas y respuestas. Por lo general, las personas solo tienen dudas después de abordar el tema de la intersexualidad por primera vez; al comienzo de la presentación, Mara planteó la pregunta de cuántas personas habían escuchado el término “intersexual” (sin especificar si sabían qué significaba). Aproximadamente la mitad de la audiencia levantó la mano. Cuando preguntó cuántos habían escuchado el término “hermafrodita”, todxs lxs asistentes sin excepción levantaron la mano. La anécdota es significativa; mucha gente sigue desconociendo la mera existencia de la intersexualidad, pese a representar un porcentaje significativo de la población. Así que cuando surgen las preguntas, unx tiene que estar preparadx para cualquier cosa. Cuando existe tanto desconocimiento, se tiene por fuerza que ser indulgente. Sin embargo, las preguntas en general se destacaron por promover el debate. Una de ellas atrapó especialmente mi atención: ¿Qué tan cómodxs nos sentimos con ser etiquetados bajo una letra dentro del colectivo de la diversidad? Después de todo, ¿no somos todxs seres humanos? 

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El motivo de esta publicación es la respuesta a esa pregunta, en parte ensayada en una publicación previa. Considero que sí existe una identidad política que motiva la necesidad de que siga existiendo la etiqueta de la intersexualidad. En efecto, todxs somos seres humanos, y eso debería ser lo único que importara. Pero tal aseveración implicaría que hubiéramos al fin rebasado los límites que como sociedad nos imponemos al mirar las cosas de forma restrictiva y dogmática, sin reconocer la igualdad y en la práctica ser todo lo inclusivos y tolerantes con la diversidad humana como lo pregonamos en el discurso. Y no es el caso. La simple persistencia de intervenciones quirúrgicas y tratamientos médicos de normalización corporal a menores de edad intersex sin su consentimiento ni pleno conocimiento es el ejemplo más claro de lo difícil que le resulta a la sociedad aceptarnos tal y como hemos nacido. Ya por no hablar de la dificultad de tramitar un acta de nacimiento, dado el caso de no conceder a la voluntad de ciertos médicos, disfrazada en ocasiones de consejo bienintencionado; o de la discriminación que padecemos por nuestros rasgos físicos. O la dificultad de acceder a servicios médicos donde los profesionales de la salud estén sensibilizados sobre las variaciones de nuestros cuerpos, y actúen con torpeza e imprudencia, a veces deteriorando la de por sí baja autoestima que algunos de nosotrxs padecemos por todo el estigma social que nuestro cuerpo acarrea.  No: la intersexualidad como identidad política es necesaria para dar visibilidad a estos problemas y hacer notar que se trata de una asignatura pendiente de la sociedad, así como los problemas del resto de esas letras del colectivo LGBTQ+I, hasta que realmente no solo los temas de inclusión bajo la ley sean válidos jurídicamente sino también socialmente. O podríamos plantearlo de otra forma: hasta que de verdad ser intersex no represente un agravio para nadie, y que el respeto a la autonomía corporal sea tan natural como hoy lo es, por ejemplo, que una mujer vaya a votar.

Como lo dije previamente: la etiqueta de “intersexual” seguirá siendo necesaria hasta que llegue el día en que ya no tenga sentido especificar que alguno de nosotrxs lo es. Pero por lo pronto, es tan necesario como en su momento lo fue (y a veces lo sigue siendo) que las personas homosexuales alzaran la voz para defender su derecho a sentirse atraídos por personas de su mismo género, o las personas trans para defender su derecho a expresar mediante su cuerpo y/o su aspecto físico la identidad de género con la que se identificaban a sí mismxs. De la misma forma, cualquier persona intersexual puede serlo en el muy respetable anonimato de su vida íntima, sin tener que presentarse como tal. Pero para personas como yo, declarar públicamente que somos intersex representa un acto de denuncia de la deuda que la sociedad tiene con nosotrxs, tal y como lo destacó uno de los organizadores del evento al término de nuestra participación.

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Primum non nocere (o sobre lo irreversible)

A los padres de niñxs intersex que se debaten entre autorizar o no las intervenciones médicas sobre el cuerpo de sus hijxs.

Una de las mayores zozobras de muchos padres de niñxs intersex que se han decidido por autorizar las intervenciones médicas en el cuerpo de sus hijxs para alterar sus características sexuales, es el no saber qué ocurrirá a partir de ello. “¿Habremos tomado la decisión correcta?“. “¿Podríamos haber esperado un poco más?“. “¿Qué le diremos a la familia?“. Todas son preguntas que merodean por su cabeza sin cesar.

He leído comentarios en distintos foros en Internet (sobre todo grupos de apoyo en Facebook) donde hay padres que defienden a ultranza la decisión tomada, con una pasión que me hace pensar en alguien que siente culpa, pero que busca creerse que tomó la mejor decisión algo a base de repetirlo. Y lo planteo así, porque dentro de su argumento dicen saber que hay una gran probabilidad sus hijxs les echen en cara la decisión tomada en el futuro. Su defensa: que han actuado desde el amor.

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No digo que no sea cierto. Al menos la parte del amor la creo por completo. Pero, desde mi perspectiva, su argumento es una racionalización para evadir la realidad inobjetable de que, al haber permitido la práctica de cirugías sobre el cuerpo de sus hijxs, tienen la noción de haber permitido que se trastocara para siempre y de forma irreversible no solo la forma natural (y por demás saludable) de su cuerpo, sino la parte de la psique que se construye y se vive desde el cuerpo.

A veces me pregunto, ¿cuál es la mejor forma de acercarse a los padres? Luego pienso que no hay una forma única y que el mismo trozo de información que puede ser clave para que algunos digan no a las intervenciones, puede ser irrelevante para otros que sigan cerrados en sus miedos y ansiedades. Ya por no hablar de los prejuicios y la homofobia subyacente en las racionalizaciones con que justifican sus decisiones

Quisiera poner a consideración de los padres una reflexión: existe un principio médico que surge de una alocución latina comúnmente atribuida a Hipócrates.

Primum non nocere, es decir, Ante todo no hacer daño

Lxs activistas intersex a menudo nos vemos en la penosa necesidad de recordarle a los médicos que este principio implica repensar el efecto de sus acciones y decisiones en lo que toca al tema de los procedimientos de normalización de las variaciones en las características sexuales a que someten a menores de edad y personas intersex en general. Como ha quedado más que establecido no solo por nosotrxs como comunidad, sino desde el programa Libres e Iguales de las Naciones Unidas, “estos procedimientos, que suelen ser irreversibles, pueden producir esterilidad permanente, dolor, incontinencia, pérdida de la sensibilidad sexual y sufrimiento mental de por vida, incluida la depresión.” (Libres e Iguales, 2016, Ficha de datos: Intersex).

Aunque he escuchado de casos de terror donde los médicos llevan a cabo su práctica con una total falta de ética y de respeto a la dignidad de la persona, así como a los padres de familia de niñxs intersex, es mi creencia personal que una considerable mayoría de los médicos no obran ni aconsejan de mala fe, sino que se dejan llevar por prácticas heredadas por catedráticos y sus superiores en los hospitales. Dicho lo anterior, muchos de ellos no cuestionan en lo más mínimo el efecto dañino que los protocolos médicos tienen en el menor de edad cuyo cuerpo recomiendan normalizar (es decir, moldear sus características sexuales para que se asemejen a los de un cuerpo típicamente femenino o masculino). No tienen la menor idea del infierno en cuya ruta ponen a hijx, padres y familia.

Lo que intento es concientizar a los padres del papel vital que juegan desde el momento mismo del nacimiento de su hijx intersex: al decantarse por las cirugías, es decir la normalización del cuerpo de su hijx, suponen que se evitarán problemas, bochornos, estigmas, burlas, etcétera. Parece la opción fácil. Pero en realidad, es la opción más dolorosa de todas y la que más daño provoca. Basta leer cualquier testimonio de un adulto intersex para constatarlo. Seguir la recomendación clínica en ese sentido no lo más sensato, por más intransigente que sea la reacción del médico que atienda. Los padres tienen el deber de velar por la integridad de su hijx, y de hacer respetar el derecho a decidir sobre su cuerpo. También tienen un deber hacia su salud: condiciones conocidas como la Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC, o CAH por sus siglas en inglés), asociada a la intersexualidad, puede en varios casos acarrear una pérdida de fluidos que debe ser atendida. Pero, aunque suene repetitivo, es importante como padres que aprendan a distinguir entre una urgencia médica y una confrontación con los prejuicios y las creencias tradicionales. La intersexualidad no es una enfermedad, sino una variación natural de las características sexuales. No hay por qué temerle.

Ante todo, no hacer daño. Algunos médicos hoy día son más conscientes y sensibles sobre la realidad de las personas intersex, y es posible que sean más informativos y respetuosos en vez de impositivos, como lo han sido en el pasado y muchos lo siguen siendo en el presente. Pero al final ustedes, padres de niñxs intersex a quienes me dirijo, son quienes juegan como el fiel de la balanza. Su responsabilidad no es para con la sociedad ni para con el médico: es para con la felicidad de su hijx. ¡Dense la oportunidad de descubrir quién es esa personita entre sus brazos! Y denle la oportunidad de descubrirse a si mismx. Superen juntxs miedos y prejuicios. Y exploren los infinitos alcances del amor.

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¿Identidad intersexual?

Una duda recurrente cuando hablamos de intersexualidad sigue siendo el qué es. De esto hemos hablado antes. Lo que me interesa ahora es que muchas personas creen que se trata de una identidad. Es decir, que unx como intersex se asume desde una identidad, así como una suerte de identidad de género u orientación sexual.

La respuesta corta es: no. La intersexualidad en su definición misma excluye la noción de identidad. La intersexualidad es un conjunto de variaciones del cuerpo asociadas a los marcadores biológicos típicos del sexo. En otras palabras: las características sexuales. A veces depende de la interpretación de “características sexuales” (muchos médicos sólo consideran las variaciones del aparato reproductor bajo este concepto; otros incluyen las variaciones de los cromosomas). Para más información al respecto, se puede consultar mi artículo previo, ¿Qué tan común es la intersexualidad?

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Bandera de la comunidad intersex, creada por OII Australia. Sobre ella dicen: “El círculo está entero y sin adornar, simboliza la totalidad y lo completo, así como nuestras posibilidades. Aún luchamos por la autonomía del cuerpo y la integridad genital, y esto simboliza el derecho a ser quienes queremos ser y en la forma en que queramos serlo.”

La respuesta larga: es complicado. La identidad de un individuo intersex se moldea de inicio bajo los mismos preceptos y prejuicios que la de cualquier otro individuo en la sociedad en la que ha nacido. Existen personas intersex en el mundo que asumen su intersexualidad como una identidad por una razón: nuestras variantes del cuerpo particulares definen en buena medida nuestra historia personal y nuestras vivencias. Pero esto es cierto también para cualquier persona en el mundo; por ejemplo, una persona que no distingue los colores verde y rojo percibe el mundo de una manera particular, como sucede también con personas con alguna discapacidad motora,  o con personas más sensibles emocionalmente y su reacción ante ciertos eventos. Cada persona desarrolla una identidad propia. Y así nos ocurre a las personas intersex.

Ahora, si la pregunta va en torno a la orientación sexual o identidad de género, la respuesta sigue siendo la misma: cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra es capaz de desarrollar una identidad en función de la forma que toma su sexualidad y el género desde el que se identifica. En ese sentido, una persona intersex puede asumirse como hombre, mujer, gender-fluid, género no binario, etc… e identificarse como gay, lesbiana, bisexual, asexual, pansexual, incluso sin una orientación en específico.

Se puede decir que la identidad que una persona intersex puede desarrollar llega a ser tan rica y diversa como aquella a la que el ser humano en su generalidad aspira.

Y quizá esa flexibilidad, a veces dada desde la consciencia y a veces dada por circunstancias que uno no elige vivir, es lo que hace que el concepto de identidad intersexual resuene en la mente de muchas personas como una posibilidad. Sin embargo, yo sería cautelosa al afirmar que de hecho exista como tal, pues, como he dicho, es una construcción en el ser humano hecha desde la sociedad en que se ha nacido, y a partir de la historia personal de cada unx.

Al final, querer definir una “identidad intersexual” podría resultar tan genérico que estaríamos tratando de negar la misma diversidad humana en la que nos hallamos inmersxs.