Comunicado sobre la resolución final en torno a la Sección xii del Proyecto de Resolución Promoción y Protección de Derechos Humanos de la XLVII Asamblea General de la OEA

22 de junio de 2017.

A la opinión pública:

Durante la XLVII Asamblea General de la OEA, llevada a cabo entre el 19 y el 21 de junio de 2017 en Cancún, Quintana Roo, México, la discusión del Proyecto de Resolución en cuestión fue escenario de un debate originado por la propuesta de redacción que contemplaba incluir el término “características intersex”. Dicho término fue rechazado ante la falta de un consenso mayoritario, teniendo por argumentos principales el que dicho término no existía en las legislaciones locales de los países que se opusieron, y que no emanaba de ningún tratado ni acuerdo internacional, por lo cual la propuesta fue calificada de unilateral.

Las personas y organizaciones que firmamos este comunicado, bajo el entendimiento de que al referirnos a “personas intersex” o “personas intersexuales” no aludimos a una identidad, sino a personas con variaciones congénitas en las características sexuales, consideramos que:

  1. Al ser los derechos humanos uno de los cuatro pilares usados por la OEA para alcanzar sus objetivos declarados, este organismo debe resolver de acuerdo a los avances logrados en la materia. La OEA funge como referente en la creación de acuerdos en DDHH, por lo cual debe de innovar y abrir brecha, desprenderse de presupuestos basados en dogmas y creencias populares cuando estas tiendan a estigmatizar y discriminar al otro.
  2. La demanda del reconocimiento de los derechos de las personas intersexuales no es la demanda de un privilegio o de un estatus especial: es la exigencia del respeto a los derechos humanos establecidos en acuerdos internacionales, tales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre los Derechos del Niño, los Principios de Yogyakarta, así como en el reconocimiento de los derechos que la CIDH ha avalado en las audiencias del 15 de marzo de 2013 y del 20 de marzo de 2017, convocadas para tratar la situación regional de las personas intersexuales.

Por tanto, y más allá del derecho a rechazar un término disonante con las legislaciones locales, la obligación de la asamblea es la de proponer y asumir una interpretación amplia, destinada a garantizar los derechos de las personas intersex, que son los mismos a los que cualquier otra persona debe tener acceso, sin importancia de su edad, nacionalidad, origen étnico, orientación sexual, identidad de género o diversidad corporal, entendida esta última desde las variaciones congénitas de las características sexuales. Dicha actitud requiere que los Estados miembros de la OEA identifiquen y reconozcan la violación sistemática a tales derechos, los cuales han sido documentados por relatorías de la propia CIDH (Violencia contra persona LGBTI, fechada el 12 de noviembre de 2015) y la ONU (Informe del Relator Especial sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, fechada el 5 de enero de 2016.)

En resumen: no criticamos el rechazo a una terminología considerada por esta asamblea como unilateral o inexistente en acuerdos internacionales. Criticamos la falta de compromiso de la asamblea para dialogar, reconocer, proponer y asumir no solo una nomenclatura, sino una postura firme para reconocer la problemática real a la que desde su infancia enfrentan las personas intersexuales y para defender sus DDHH.

Por lo anterior, llamamos a los Estados miembros de la OEA a:

  1. Asumir plenamente el pilar de los derechos humanos de todas las personas que habitan la región, reconociendo la situación en que se encuentran las personas intersex, debido a la violencia médica experimentada en sus cuerpos y a la discriminación de la que son sujetos.
  2. Educar a los representantes de derechos humanos de cada Estado miembro sobre el tema de la intersexualidad, recurriendo para ello al trabajo desarrollado por organismos internacionales (ej. Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos) y regionales (CIDH, Consejo de Europa, etc.)
  3. Incorporar a activistas intersex regionales y locales al trabajo de los organismos de derechos humanos del sistema interamericano y de cada país, a fin de legitimar los avances y propuestas que emanen de estos.
  4. Reconocer los desafíos particulares y culturales que enfrenta cada Estado y proponer acciones concretas para incorporar al lenguaje legislativo y jurídico la existencia de la diversidad corporal de las personas intersexuales.

Firman:

(Última actualización: 23 de junio de 2017)

PDF del comunicado original en españolComunicado sobre la resolución final en torno a la sección xii del Proyecto de Resolución Promoción y Protección de Derechos Humanos de la XLVII Asamblea General de la OEA

Public Release English translation PDF downloadPublic release on the final resolution on section xii of the 47th OAS GA Draft Resolution Towards Promotion and Protection of Human Rights

DOC del proyecto de resolución aprobado por la OEA (original en español)AG07431S03.doc

DOC da tradução Português do projeto de resolução aprovado pela OEAAG07431P06.doc

(Para traducciones pendientes del proyecto de resolución aprobado, consultar: Documentos de 47º Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea General de la OEA

El 4º Foro Internacional Intersex

En una nota algo atrasada (he tenido la intención de escribirla desde el mes pasado, pero solo ahora he encontrado el tiempo y las palabras adecuadas para hacerlo), del 20 al 23 de abril se llevó a cabo el 4º Foro Intersex Internacional en la ciudad de Ámsterdam, en los Países Bajos. Se dieron cita aproximadamente 40 activistas de todas partes del mundo, el número más alto hasta el momento en comparación con los tres foros previos.

Tuve la fortuna de acudir a dicho evento gracias al apoyo de los organizadores (Astraea Foundation, ILGA y la NNID, que fungió como anfitrión). La sensación general al inicio era de expectación. Pude apreciar que no solo me encontraba ante personas de diversas partes del mundo, sino que me encontraba ante un gran número de jóvenes, pero también estaba en presencia de algunos de los líderes más destacados del movimiento intersex global. También era de resaltar que el contingente que representábamos a países de América Latina era nutrido, en total éramos seis personas: Mauro Cabral (ARG), Laura Inter (MEX) Anaid IS (COL), Mar IS (MEX), Natasha Jiménez (CRC), y yo.

 

4ºforo

El foro fue un espacio muy valioso para escuchar y aprender de las personas que llevan un largo recorrido tratando de educar e informar a sus sociedades sobre la existencia de intersexualidad y sus características, pero también para enfrentar la cerrazón de los sectores más conservadores que se niegan a admitir que la intersexualidad no es una enfermedad ni una abominación, y que se puede tener una vida plena y satisfactoria a través de un cuerpo intersexuado.

Sin embargo, lo que más aprecié fue la oportunidad de charlar en corto con algunas de esas personas, especialmente con Holly Greenberry, de Intersex UK, de quien aprendí la experiencia viva de cómo un movimiento en pro de los derechos de las personas intersex (que son nada menos que derechos humanos) suele comenzar en una persona y una computadora, nada glamuroso ni sofisticado pero con ideas bien asentadas y objetivos muy claros, y atreviéndose a decir las cosas sin miedo a si sonarán correctas o no; y con Hiker Chiu, de OII-Chinese, cuya paciente visión sobre cómo educar a la sociedad y a las nuevas generaciones de profesionales de la salud, y de establecer un diálogo abierto con la comunidad médica puede resultar fructífero, pese a tratarse de un proceso lento y a veces poco satisfactorio. También me parece digna de destacar la presentación de Mauro, cuyo movimiento Justicia Intersex trabaja en su país para llevar al grado de reconocimiento legal y jurídico los derechos humanos de las personas intersex a pesar del clima político, una característica que define sin duda a muchos países en el mundo pero que condiciona de manera especial los avances de justicia y equidad social en una América Latina azotada por la plaga endémica de la corrupción, el ultraconservadurismo y los regímenes dictatoriales y totalitarios en torno a juntas militares, élites sociales o partidos políticos disfrazados de instituciones democráticas.

Recogiendo las palabras de Laura Inter en el Comunicado de Prensa emitido por el foro: “Damos la bienvenida a la oportunidad de aprender de la comunidad intersex global, hacer que nuestras voces sean escuchadas y desarrollar herramientas para continuar nuestro trabajo para las personas intersex en nuestros países”

A diferencia del emblemático Foro de Malta que precedió a éste, donde la producción y publicación de una declaración que afirmara y llamara al respeto de los derechos humanos de las personas intersex fue su aspecto culminante y definitorio, el Foro de Ámsterdam se destaca por el reconocimiento de la diversidad cultural global, característica innegable que llama a repensar la forma en que cada movimiento debe abordar las demandas por el respeto a los derechos de las personas ínter, reconociendo que hay prioridades y enfoques particulares en cada sociedad, y que existen fortalezas, rasgos y desafíos regionales específicos que deben ser tomados en cuenta antes de asumir una visión puramente occidental en el activismo intersex.

Para leer el Comunicado de Prensa en español: Comunicado de Prensa – Cuarto Foro Intersex Internacional.

Circular 7 de 2016: Un paso atrás en la lucha por los Derechos Humanos de las personas intersexuales en Chile. Por Laura Inter y Hana Aoi

Brújula Intersexual

CIRCULAR 7 DE 2016: UN PASO ATRÁS EN LA LUCHA POR LOS DERECHOS HUMANOS DE LAS PERSONAS INTERSEXUALES EN CHILE.

Por Laura Inter y Hana Aoi

Agradecimiento especial a la Dra. Eva Alcántara, quien colaboró en la revisión de este artículo.

Laura Inter es una activista intersexual nacida en la década de 1980, desde 2013 fundó y coordina el proyecto Brújula Intersexual, el cual se encarga de ofrecer apoyo e información a las personas intersexuales y sus familias. Laura fue diagnosticada con Hiperplasia Suprarrenal Congénita, nació con genitales intersexuales (también llamados “genitales ambiguos”), fue atendida fuera del sistema de salud público y su cuerpo no fue intervenido con cirugías, así que conserva su integridad corporal.

Hana Aoi es una activista intersex mexicana nacida en 1981. Fue sometida a tres distintas cirugías en su infancia, del todo innecesarias, en las cuales se le extirparon sus gónadas y se le practicó una…

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La vaginoplastía que nunca necesité.

A Guadalupe Chávez, por la inspiración. Y a mi madre, por su increíble valentía para viajar al pasado y ser mi memoria.

Verano de 1992 . En esas vacaciones nos trepamos al Volkswagen familiar y viajamos a un balneario en San Juan del Río. Me gustaba pasar el tiempo allá, sentir el sol cálido y chapotear en la alberca. Fue el verano de Barcelona, el verano del Dream Team (el único, el verdadero e inigualable).

Las vacaciones acabaron, pero el verano continuó: entré a sexto año de primaria. Sin embargo, a las pocas semanas de haber comenzado el año escolar, tuve que abandonar las clases por un mes. Fui internada en el Centro Médico La Raza, uno de los hospitales de alta especialidad de mayor renombre en México. El motivo: tenía programada una cita en el quirófano.

Fue el verano de la vaginoplastía que nunca necesité.

Vaginoplastía: esa cirugía cosmética que la mayoría de las veces se practica en mujeres adultas, a fin de “rejuvenecer” sus vaginas. También es una cirugía socorrida por algunas mujeres trans, en sintonía con su deseo por armonizar su identidad con un cuerpo en el que se sientan ell*s mism*s. Sin embargo, en un gran número de personas intersexuales con genitales ambiguos, se trata de una cirugía a la que son sometidas por la fuerza, para construírseles un conducto vaginal (o ampliarles el que tienen, si es que lo tienen) que tenga la función de ser penetrado durante el coito heterosexual. Es, más bien, una cirugía social. Y, si hemos de nombrarla como se debe, se trata de una forma de mutilación genital.

Detengámonos por un instante en esta palabra: mutilación. A mi mente, como a la de muchos, acuden imágenes terroríficas de miembros cercenados o extremidades colgando de un jirón sangrante de piel, resultado de la maldad de una mente perversa, de los horrores de una conflagración bélica, o de un terrible accidente. Pero rara vez consideramos que el significado de la palabra mutilación es mucho más simple y menos simbólico de lo que creemos: significa cortar una parte del cuerpo. Cualquiera; en este caso, una parte de los genitales. Cierto: hay casos más aparatosos que otros. Pero desde un punto de vista de semiótica (es decir, del significado mismo del concepto mutilar y de la connotación que adquiere al tratarse de tejidos saludables del cuerpo humano), cualquier operación que sólo busca moldear los genitales de una persona para hacerlos “estéticos”, esto es, agradables a la vista, y especialmente cuando se hacen sin consentimiento de la persona afectada (y, peor aún, sin su conocimiento), no puede menos que ser llamado por su nombre: mutilación.

En mi caso particular, las “eminencias” médicas que inspeccionaron mis genitales, ante la angustia de mis padres (a los cuales no culpo, porque ellos no contaban con toda la información de la que los padres de hoy disponen) decretaron que yo “necesitaba” una vaginoplastía porque, como resultado del proceso de desarrollo sexual intrauterino, en mi vulva había un tejido que “no debía existir”: un glande, es decir, la parte extrema del tubérculo genital con que nací, que en otras personas se desarrolla como un falo, en cualquiera de sus variedades (de las cuales, el pene y el clítoris idealizados son los ejemplos más conocidos). También resultaba “necesaria” porque los labios de mi vulva eran incipientes en comparación con lo que se espera de la vulva de una mujer (de hecho siguen siéndolo, comparativamente, y a pesar del intenso bombardeo de estrógenos conjugados con que mi cuerpo fue feminizado a partir de los trece años).

Hablemos un poco de técnicas empleadas en la vaginoplastía: una de ellas consiste en tomar un pedazo de colon y construir la vagina a partir de ese tejido. Es la técnica más socorrida, pero casi ningún médico informa a los padres de esa persona (o a las propias personas que optan por la vaginoplastía ya como adultos) que esta técnica tiene una secuela muy grave: una secreción vaginal recurrente que puede causar infecciones continuas. Otra técnica involucra el uso de una especie de globo para crear espacio en la abertura vaginal. En ambos casos, el uso de dilatadores es muy extendido para prevenir otro efecto secundario: la estenosis, o estrechamiento de las paredes vaginales, lo cual también es causa de infecciones. En mi caso, la vagina como tal no requería ampliarse ni reconstruirse por dentro, solo implicaba remover el tejido del glande, moldear mi vulva para hacerla parecer femenina (esto es, darle forma a los labios menores primitivos y a algo que se asemeja a unos labios mayores). Por eso fue que me libré de la inimaginable tortura que representa el tener que usar uno de esos objetos. Tortura que sí atraviesan muchxs otrxs, niñxs sobre todo, y todo a causa de un procedimiento prematuro y, por consecuencia, innecesario.

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Set de dilatadores vaginales

Recuerdo que mi madre no entró en muchos detalles cuando surgió la pregunta de por qué necesitaba ser internada. Me dijo que tenía un tejido que debían quitarme en mi vejiga (es decir, mi uretra). Años después, cuando hablamos abiertamente sobre ese episodio, me dijo que también había añadido “en tu vagina”. Pero para ser sincera, mi mente se quedó con la idea de que era algo relacionado con mi aparato urinario; lo que sí recuerdo claramente es que se enfatizó que la cirugía era necesaria “para que de grande no tuviera problemas.” Así, sin especificar. Admito que tampoco yo estaba segura de querer saber demasiado. Había un silencio implícito, una vergüenza que me invadía cuando se trataba de hablar de los genitales. Yo hacía como si no me pasara nada cada vez que mi médico tratante (junto con aquellos que lo acompañaban) me revisaba los genitales. Esto a pesar de que cada vez que lo hacía, me lastimaba la piel con sus guantes de látex al abrir esos primitivos labios de mi vulva intersexuada, tras de lo cual quedaba adolorida por espacio de unos minutos. Y es que hacer de cuenta que nada de eso me dolía me hacía sentir como una persona madura. Ser niño, o niña en mi caso, era divertido, tenía sus lados positivos, no digo que no fuera así; lo que digo es que, estando en el hospital, sentía la obligación de no ser yo misma, sino comportarme como otra persona. Como un adulto.

Me acuerdo que yo tenía un excelente estado de ánimo la mañana en que fui operada. De hecho iba motivada, porque sabía que, cualquier cosa que tuviera mal en mi vejiga, podía confiar en la destreza de los cirujanos que me iban a intervenir. Recuerdo que las enfermeras continuamente me preguntaban que cómo me sentía, y yo repetía “bien”, “muy bien”, y cualquier otra variante. Incluso antes de que me aplicaran la anestesia y me durmieran, recuerdo haberles deseado buena suerte.

Cuando desperté, todo fue vómito negro (por la anestesia), mareo, cansancio. Hasta el día siguiente fue que tuve mejor ánimo como para preguntar sobre el resultado de mi cirugía. Se lo pregunté a una enfermera que había ido a ponerme una aguja en el brazo para un suero o antibiótico o quién sabe que sustancia. Ella tomó el portapapeles de algún lado (probablemente del pie de mi cama), y me dijo: “tuviste una vaginoplastía.” De inmediato respingué: “¿Vagina? ¿No era mi vejiga lo que me iban a operar?”. “No, fue una vaginoplastía, reconstruyeron tu vagina”. Y no dijo más. Quizá no le estaba permitido decirme más, quizá no juzgó prudente informarme por completo (a pesar de que se trataba de mi cuerpo) o quizá simplemente no sabía nada más que lo que me había leído del portapapeles. En ese entonces yo ya sabía qué era una vagina, pero curiosamente solo hasta ese momento cobré consciencia plena de que yo tenía una. Y me la habían operado. ¿Para qué? Fue una pregunta que no hice sino hasta veinte años después. ¿Por qué no pregunté? Porque me daba vergüenza hablar de eso. Lo irónico fue que eso era el motivo por el cual había pasado toda una semana internada y con un catéter para evitar infecciones en los tejidos recién operados (todo lo cual era doloroso, incómodo y vergonzoso), y luego otras tres semanas en reposo absoluto, soportando las primeras noches la comezón que sentía, a consecuencia de la cicatrización de las heridas.

Cuando pienso en la pertinencia de esta cirugía, me da risa de solo pensar en lo inútil que resultaba. En primer lugar, porque mi salud no estaba en riesgo, los mismo médicos lo admitían. En segundo lugar, porque su función social, a la fecha, no tiene visos de cumplirse. Durante años traté de imaginar cómo sería una relación sexual. O mejor dicho, trataba de imaginarme durante un coito. No era que no entendiera de qué se trataba, sino que me preguntaba cómo era que de eso pudiera sentirse placer. Cuando comencé a explorar mi vagina con mis dedos, me encontré incapacitada de sentir que ello fuera placentero. El introducir un dedo ya me producía bastante molestia, así que no me imaginaba cómo algo como un pene erecto podría generar algo cercano al placer. Ciertamente no me habían moldeado los genitales con fines reproductivos. A pesar de que tuve un novio y luego un pretendiente, ambos hombres cis, nunca tuve ni el deseo ni la confianza suficientes como para llegar a la intimidad. Dada mi orientación sexual tan abierta, suponía que al no ser tan importante la penetración estando con otra mujer, una relación sexual de ese tipo podría resultarme realmente placentera. Pero una lesbofobia interiorizada, que me persiguió por muchos años, me impidió vivir abiertamente esa parte de mi orientación. Al final, no fue sino hasta muchos años después que pude explorar mi sexualidad, ya no a solas sino en compañía de una pareja, con la cual sentía la confianza de saber que no habría un rechazo, y la cual supo darme mi tiempo y mi espacio para llegar a la intimidad, sin lastimarme y brindándome esa ternura que todos los seres humanos anhelamos encontrar en algún punto de nuestras vidas. “Buscándole”, y con un poco de imaginación, aprendí que mi cuerpo podía ser estimulado de otras formas. Aprendí, sobre todo, que el cariño y el deseo mismos son afrodisiacos sumamente efectivos.

Hoy me refiero a esta cirugía como “la vaginoplastía que nunca necesité” porque en realidad mi cuerpo nació con una vagina propia que, de haberle permitido desarrollarse por sí sola, a través de las hormonas de las gónadas que me removieron “por ser cancerígenas”, hubiera satisfecho mis deseos y necesidades de maneras que hoy no tiene caso ya imaginar. Parafraseando a Guadalupe Chávez: mi felicidad no la encontré en una vagina; en mi caso, la encontré superando los prejuicios que había dejado que me controlaran; la encontré desvelando el pasado, liberándome del silencio. La encontré en volver a escribir, en dejar de querer complacer a otros. La encontré reconciliándome con mi cuerpo, conmigo misma, con mi madre y con mis seres queridos

Mi felicidad la encontré abriéndome a las posibilidades de la vida. Y hoy la vivo, contando estos fragmentos de mi historia, con la esperanza de que quien haya pasado por una experiencia similar pueda sentirse identificado y acompañado; y de que ningún otrx niñx tenga que pasar por ella.

Aún si es un grito en el desierto, pido a los padres de bebés intersexuales que aprovechen que cuentan con mucha información, que existen grupos de apoyo y testimonios de adultos que alguna vez fuimos niñxs sometidos a intervenciones no consentidas, para que aprendan de los errores de nuestros padres, y para que nos ayuden a construir una sociedad más libre y tolerante, partiendo del amor hacia sus pequeñxs.

Interfobia

(Título de la imagen: Homenajeando a lxs antepasadxs intersex. Crédito: Bonnie Hart. Tomada del sitio IntersexDay.org)

No existe una entrada en el diccionario que defina la palabra interfobia. Algunos podrían argumentar que dicho término es inexistente. Sin embargo, ante la existencia de un fenómeno real que tiene que ser nombrado, la palabra surge por necesidad.

Defino interfobia como el temor o el rechazo a los cuerpos que poseen variantes en sus características sexuales, motivo por el cual son inclasificables dentro del esquema binario del sexo de un ser humano.

Desarrollando un poco más esta idea, la interfobia se alimenta de miedos, como el miedo a lo diferente, pero también el miedo al estigma social. Proviene también de las definiciones rígidas que la sociedad tiene sobre lo que hace hombre a un hombre y mujer a una mujer, sin dar lugar a posibilidades más allá.

La interfobia se da como resultado de una negativa a reconocer que los cuerpos intersexuales pueden ser (y lo son) vehículos para conducir una vida plena y satisfactoria.

La interfobia se manifiesta en muchas partes, y está íntimamente vinculada con la homofobia y la transfobia, porque el sexo de una persona está sobrecargado de elementos simbólicos sobre la sexualidad, jugada desde la orientación y la identidad de género. El sexo y la sexualidad de una persona no solo le competen a esa persona, sino que la sociedad se arroba el derecho de determinar si cuerpo, identidad y orientación son aceptables. Incluso en sociedades laicas, el lastre del control sobre sexo y sexualidad que viene de los siglos pasados sigue siendo terreno fértil para estas manifestaciones de odio y rechazo, y el consiguiente control (médico, en el caso de la intersexualidad) sobre la vida y el cuerpo de las personas. En sociedades como la nuestra, donde la mayoría de las veces las creencias religiosas, tan arraigadas en la cultura, se expresan con odio y desdén a lo diferente, las fobias causan un daño aún mayor a la dignidad e integridad física de muchas personas.

Sabemos que los médicos, con su enfoque centrado en una intervención temprana para normalizar las características sexuales de un cuerpo intersexual, son eminentemente interfóbicos. Sin embargo, la interfobia sin intención que proviene de los propios padres de familia es la que causa el mayor daño. La angustia parental, ese estado de shock en que suelen caer tantos padres cuando se enteran o se percatan de la diferencia en los genitales, en las gónadas o en los cromosomas de sus hijxs, es consecuencia directa de un temor muy profundo a enfrentar a la sociedad. En Fixing Sex, Katrina Karkazis da cuenta de varios casos de padres de familia que se enfrentaron a un desconcierto inicial que luego daba pie a otras fases como la negación o la furia. Al leer los testimonios de estos padres, uno no puede evitar comparar este proceso con el proceso de aceptación de la muerte. Aceptar el cuerpo intersexual de un hijx pareciera asemejarse a una negociación interna. Muchos padres no consiguen articular en el momento la tormenta emocional en la que se encuentran inmersos cuando reciben la noticia y se ven presionados a tomar decisiones (que no tendrían por qué ser presionados, ni son decisiones que les correspondiese tomar). Pero al cabo de los años, cuando relatan los momentos que vivieron, se percibe claramente que existe un momento de duda. Lo único que quieren es un bebé que entre en la norma, o lo que es lo mismo, un bebé normal. Un niño, una niña. Solo quieren irse a casa con un bebé al cual puedan identificar claramente como uno o como otro, y no tener que enfrentar la mar de cuestionamientos y señalamientos al no saber qué responder a la pregunta “¿Es niño o niña?”. Un bebé que no entra en la norma, es decir, un bebé cuyo cuerpo los fuerza a reconstruir estructuras mentales en un momento totalmente inesperado, es, a sus ojos, un bebé anormal, en todas sus acepciones posibles, incluyendo las más deplorables. Hay un sentimiento inicial de rechazo. Desde luego, también surge un sentimiento real de amor, una necesidad de proteger a esx pequeñx (muchas veces llevado al extremo de la sobreprotección), pero la incondicionalidad del amor que se supone conlleva el convertirse en padres brilla por su ausencia en el momento del anuncio. Cabe aclarar: el rechazo no es hacia el bebé, sino hacia su cuerpo, y a lo que su cuerpo significa. Por mucho que se encuentren incapacitados de articular con palabras los significados que cada uno le da al sexo y a la sexualidad humanas, la angustia que tanto se ha descrito es la expresión de ese rechazo. Si algo hemos aprendido de la psicología es justo eso: que la mente no siempre es capaz de estar consciente de todos los significados que atribuimos a las cosas y a las personas que nos rodean, y que a falta de ello se manifiestan de otras formas, porque nada se puede reprimir para siempre.

Por eso, en un momento tan intenso y tan tortuoso, la voz del médico (que además es la única disponible, pues a la fecha los grupos de pares y de apoyo de personas intersexuales siguen siendo excluidos del proceso), resuena como la de un salvador. No importa si el cuerpo es totalmente sano o no, lo que importa es corregir el defecto que transgrede la norma. Unos genitales “ambiguos”, unas gónadas “incorrectas”, no representan un defecto que prive de una vida saludable al recién nacido (o a la persona intersex en general, cualquiera que sea su edad y cualquiera que sea el momento en que descubra la diferencia de su cuerpo respecto al grueso de la población); representan una emergencia social derivado de un rechazo asimilado hacia lo diferente, especialmente porque se trata del sexo y de la sexualidad.

Lidiar con la interfobia de raíz requiere una transformación en el modo en que la sociedad mira a la intersexualidad. La visibilidad no se restringe solo a una educación de la población en general, sino que debe enfocarse de manera especial en quienes están en el proceso de convertirse en padres. De hecho, en mi opinión, los futuros padres tienen mayor necesidad de educarse. Si estas personas supieran con claridad que, de cada 1000 recién nacidos, 17 tienen un cuerpo con características intersexuales (sean o no visibles al nacer), probablemente la angustia parental sería menor. Si los best-sellers sobre el proceso de gestación mencionaran con toda naturalidad la posibilidad de tener un bebé con características intersexuales, y se indicara que se trata de bebés saludables cuyas características sexuales no requieren ninguna intervención médica (fuera de condiciones de salud muy específicas a atender), los eventuales padres de un bebé así no entrarían en pánico, por inesperada que fuera la noticia. Y digo esto porque considero que, mientras el sexo de una persona siga teniendo tantos elementos simbólicos, y represente una gama de expectativas de vida, los cuerpos intersexuales seguirán siendo motivo de sorpresa. La diferencia radical en este enfoque estriba en que, al estar más o menos consciente de la posibilidad de un nacimiento de ese tipo, esa angustia social se aminora. Los padres saben que no están solos. Saben que debe existir más gente como su bebé, y que es posible llevar una vida saludable y plena sin tener que someter a su hijx a cirugías irreversibles. Se genera un espacio, una ventana de oportunidad para que los padres busquen, con más tranquilidad y menos desesperación, la información y el apoyo de otras personas, especialmente de quienes promueven la posibilidad de una crianza libre de prejuicios y protectora de la integridad física de un niño con un cuerpo intersexual. Y aunque el proceso no es inmediato, un escenario así, repetido en múltiples familias, va dando pie a esa transformación social. Claro, es difícil, porque aún resta la labor titánica de generar consciencia entre familiares, educadores, otros padres, instructores deportivos, y posteriormente centros laborales, a fin de ir creando los espacios propicios para que toda persona, sin importar la forma de sus características sexuales o su funcionamiento metabólico, pueda tener la oportunidad real de desenvolverse con libertad y construir una vida satisfactoria y libre de estigmas y prejuicios.

Por supuesto, los prejuicios no se irán tan rápidamente, porque estos provienen de generaciones pasadas. Pero en la medida en que sepamos distinguir entre dogmas y valores, aprenderemos a poner la dignidad de las personas por encima de creencias caducas que nos limitan de crear un mundo menos injusto y más inclusivo con todos los seres humanos.

La bandera de otros (o de cómo hacen falta más voces e historias intersex).

Todos necesitamos de aliados en algún punto de nuestro andar por el mundo.

Sin embargo, a veces me pregunto qué tan valioso resulta el apoyo de algunos “aliados” que recogen algunos aspectos de nuestra persona para articular sus propias demandas. Pienso en este momento en quienes, a su conveniencia, hablan sobre la corporalidad no-binaria y las variantes de las características sexuales de las personas intersex, para así desmitificar diversos aspectos de la heteronormatividad como la identidad de género, para no ir lejos.

Como se ilustra en este cómic de la fantástica Sophie Labelle (un ejemplo de una verdadera aliada), muchas veces no somos más un buen argumento para la causa de otros:

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@assignedmale, de Sophie Labelle. Traducción de Laura Inter.

Lo anterior me aflige bastante porque, en el poco tiempo que llevo trabajando en pro de la visibilidad intersex, he atestiguado el cómo muchos grupos de activismo pro LGBTQ, sexólogos, académicos y estudiantes utilizan nuestra mera existencia para justificar sus casos, sus estudios, sus campañas de políticas públicas en favor de la diversidad sexual (mencionándonos pero dejándonos a un lado) y al fin hacerse de un nombre y una reputación de expertos, antes que interesarse genuinamente por nosotros y nuestras problemáticas cotidianas. Nos incluyen en el acrónimo LGBTQI (en México se usa LGBTTTI). Pero esa “I” sigue siendo desconocida e incomprendida, cuando no abiertamente ignorada, por esos mismos “aliados”, que se acercan para solicitarte apoyo, sea el tuyo o el de la comunidad intersex, pero que no expresan el cómo van a apoyar de vuelta a la propia comunidad; en mi comprensión básica, un aliado pide, pero no se olvida de retribuir.

Cuando veo a esos “aliados” hablar por nosotrxs, en nuestro nombre, pero sin nosotrxs, y sin entendernos, y usándonos con descaro sólo para reafirmar los postulados de sus propias causas, me viene a la mente un dicho mexicano que reza: “¡No me defiendas, compadre!”. O sea: “ya deja de ‘ayudarme’, porque me estás perjudicando”. ¿Por qué perjudicar? Porque:

  1. Cuando un “aliado” no tiene un claro entendimiento de nuestra lucha concreta por consolidar nuestros derechos humanos; cuando no conoce las muy diversas características que nuestros cuerpos presentan y de las historias que hemos vivido dentro de esos cuerpos (la experiencia de una persona intersex puede ser muy diferente a la de otra); y cuando no tiene la claridad de los problemas diarios con que tenemos que lidiar (salud y asistencia médica, acoso escolar y en entornos laborales, dificultades con la familia y hasta con la pareja), ese “aliado” termina por simplificar nuestra existencia a un mero estereotipo (“una persona intersex es una persona que tiene partes de ambos sexos”, es solo una de las barbaridades con las que muchos “aliados” han llegado a describirnos). Al ocurrir esto, ¿cómo podemos esperar que el común de las personas comprenda nuestra demanda, o siquiera se entere de lo que significa la intersexualidad, cuando escuchan por primera vez de nosotros por boca de esos “aliados”?
  2. Cuando un “aliado” nos utiliza para sus propios objetivos, para desarmar las nociones de identidad y roles de género, para generar políticas públicas de inclusión que sólo contemplan los aspectos de orientación sexual e identidad de género (SOGI, por sus siglas en inglés), nuestras demandas específicas generalmente son excluidas. Es cierto que muchas personas intersex no se identifican con las definiciones típicas de género binario, y que hay otras que además tienen orientaciones no heterosexuales; pero nuestra lucha se debe a la existencia de un poderoso ente médico-social que no concibe la posibilidad de que una persona con características sexuales diferentes al estereotipo binario masculino-femenino pueda llegar a ser pleno y feliz tal y como ha nacido. Nuestra lucha es por la defensa de nuestros DDHH inalienables. Pero nuestros “aliados” fallan (no se si por falta de capacidad o por desinterés) en comprenderlo, y cuando sus propias luchas rinden frutos, no hay ninguno en favor de nuestras exigencias. Ni siquiera el citarnos como la “I” dentro de LGBTQI parece ayudar a que haya una mayor visibilidad de la intersexualidad entre el grueso de la población. No es visible la manera en que esas “alianzas” nos estén ayudando a sentar las bases de un futuro más promisorio para lxs niñxs intersex, por citar un ejemplo. No se ve cómo la mera sensibilización sobre niñxs de género diverso pueda beneficiar a unx niñx intersex, cuando que su realidad no necesariamente (ni únicamente) se define por una discrepancia entre identidad de género y sexo asignado al nacer; queda fuera el aspecto más importante de esx niñx: su corporalidad innata, sus características sexuales.

Ya en 2002, un estudio sobre la forma en que la intersexualidad era abordada en las aulas de los cursos de Estudios de Género (Koyama y Weasel, 2002. From Social Construction to Social Justice) sugería que para la agenda política LGBT no era claro que el activismo intersex requiriese de un enfoque diferente y “un conjunto de prioridades distinto que el del activismo de las comunidades LGBT” (la traducción es mía). Quince años han pasado, y la situación no es tan diferente.

La necesidad de contar con argumentos a favor de la deconstrucción de las identidades de género y de los roles estereotipados hacen de nuestra lucha, pero a veces de nuestra mera existencia, una herramienta útil para las otras luchas y debates. No puedo decir que esto sea negativo por sí solo. De hecho, la sola generación de ideas y reflexiones suele ser benéfico para todxs. Pero, ahora más que nunca, es tiempo de que sea el propio movimiento intersex el que asuma los reflectores que hoy están siendo ocupados, a nombre nuestro pero sin nosotrxs, por otras personas que no son verdaderos aliados, que no sienten un compromiso real con nuestra lucha. El micrófono, las ideas, las propuestas de ley, los procesos de sensibilización y alfabetización de las personas sobre el tema de la intersexualidad y la representación de nuestra comunidad ante entidades gubernamentales; en suma, la lucha por nuestros derechos humanos, debe de ser asumida plenamente por voces de adentro de la misma comunidad intersex, apoyados y acompañados (pero nunca reemplazados) por los verdaderos aliados que tienen interés en ver que nuestra lucha reditúe beneficios para la población intersex presente y futura. La invitación está abierta para las personas intersex a nivel local y regional, pues hace falta generar ideas y soluciones propias, aprovechando el apoyo y logros de las comunidades de otras latitudes, pero sin “tropicalizar” propuestas que no aborden los problemas de nuestros entornos. Por ejemplo: no es lo mismo ser una persona intersex en uno de los más privilegiados países de Europa Central que serlo en la comunidad más remota del estado de Michoacán; el primer caso enfrenta una lucha muy específica contra una cultura que confía a ciegas en la opinión de médicos altamente especializados y una industria farmacéutica que se beneficia de que los procedimientos hasta hoy practicados sigan su curso, porque cada vez que se le remueven las gónadas a una criatura debido a un pobre diagnóstico de malignidad cancerígena, se fabrica un cliente que requerirá terapia de remplazo hormonal de por vida. En cambio, una persona que vive en una ranchería, cuya familia aprende a guardar el secreto para evitar el estigma, que no es llevada nunca a una clínica porque no existe cobertura médica, puede vivir hasta llegar a ser adulta y descubrir su condición intersex sólo al recurrir por primera vez en su vida a un médico por un problema de salud completamente ajeno a sus características sexuales. Esa persona enfrenta entonces otra problemática, ya no de índole clínica, sino de índole social.

¿Cuántos de los que hoy se proclaman como nuestros “aliados” tienen clara la diferencia? ¿Cuántos de ellos tienen una idea de lo difícil que es hablar de intersexualidad con una persona que no puede articular su propia intersexualidad porque no tiene el lenguaje aunque la viva todos los días, y que por añadidura tiene que enfrentar la dificultades de un entorno socioeconómico desfavorable y muchas veces violento (realidad cotidiana de millones de personas tan solo en México)?

Esta reflexión surge en el marco del Día Internacional de la Lucha contra la Homofobia y Transfobia (IDAHOT). A menudo pasada por alto, la interfobia (aspecto que abordaré en otra publicación) también forma parte ya de esta lucha. De hecho, el acrónimo IDAHOT ha sido acompañado de unos años acá por otro más: IDAHOBIT, el cual incluye la intersexualidad y a otra comunidad acaso igual de desatendida e incomprendida: la bisexual. La visibilidad de nuestras demandas es una de las prioridades del movimiento, y esa visibilidad no la da otra cosa que el alzamiento de las voces de otras personas intersex y de sus historias. Sin esas voces, no se puede hablar de intersexualidad. Citando el famoso aforismo de Ludwig Wittgenstein:

De lo que no se puede hablar, es mejor callarse.

¿Hasta cuando podremos seguir callando? Por esto es que hace falta hablar, con nuestras propias voces, para romper el silencio, y enunciar nuestras necesidades y demandas, con nuestras propias palabras.

No podemos esperar ya que otros nos ayuden a conseguirlo; ciertamente, no podemos seguir permitiendo que otros enarbolen nuestra bandera para sus fines particulares. Incluso si lo que queremos es que sean las voces de nuestros aliados verdaderos las que nos abran paso y luchen a nuestro lado por sobre el oportunismo de otros, es imperativo que demos el primer paso, estrechemos nuestros vínculos, nos hagamos visibles (entre nosotrxs, por lo menos) y hablemos alto y claro.

Cuerpos perfectos: la intersexualidad como forma de repensar el mundo.

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No es noticia: entre el común de las personas, la intersexualidad es desconocida, invisible. Lo que no es visible, no existe. Y lo que existe casi siempre son conjeturas, vagas referencias mitológicas, imágenes morbosas, erróneas. En resumen: una total ignorancia. Caldo de cultivo para la intolerancia y los prejuicios.

El común de las personas no sabe de la existencia de una gama de variaciones en las características sexuales del cuerpo humano; variaciones que, lejos de ser patológicas, representan una expresión natural y saludable de la diversidad humana. La existencia misma de nuestros cuerpos desafía las nociones muy difundidas de que no hay otra posibilidad más que una de dos configuraciones de características sexuales, vinculadas a su vez a dos únicas posibilidades de género: masculino y femenino.

Dicho de otra forma: para la sociedad, lo correcto son los modelos perfectos que se nos presentan a diario y en todas partes: libros de texto, doctrinas religiosas, medios de comunicación, expresiones culturales, literatura, cine, vaya, hasta en la erótica y (especialmente) en la pornografía. Lo irónico es que la abrumadora mayoría de la población JAMÁS cumplirá con esa expectativa del individuo caucásico de fisonomía plástica, ese individuo rubio cuyo cuerpo exuda poder y erotismo en el imaginario colectivo; porque, al final, de eso seguimos hablando después de todos estos siglos: del poder que otros tienen sobre unx.

Si un cuerpo no se ajusta a esas dos expectativas, tenemos una reacción social casi siempre negativa: en muchos casos, la solución es terminal. En otros, el secreto a voces. Y allí donde la esfera de influencia de la medicina occidental es fuerte, el escalpelo y las hormonas de reemplazo corrigen esta fuente de ansiedad social, irracional, como todas las ansiedades, pero eso sí, racionalizada por los miedos parentales. Muchos médicos parten del principio de que los padres no van a aceptar que sus hijxs crezcan con características sexuales diferentes al común. Pues, ¿cómo esperar que una criatura así pueda desenvolverse en una sociedad tan agresiva, tan violenta hacia la diferencia? ¿Acaso no se hace un favor al prevenir el sufrimiento psicosocial mediante dos o tres o cuatro o cinco o seis o siete o… el número de cirugías que sea necesario? ¿No es un precio ínfimo en comparación con la discriminación a la que se enfrenta el individuo que no es intervenido y que crece en medio de violencia física y verbal?

Somos invisibles porque la sociedad, representada por la comunidad médica en la cual se concentra gran parte del control y del poder que esta tiene sobre las nociones de cómo debe lucir un cuerpo humano, no da lugar a la posibilidad de nuestra existencia en la vida cotidiana. Pero también la sociedad se expresa a través de la familia, y a través de ella expresa rechazo: rechazo a un cuerpo diferente, al estigma social, todo siempre justificado por la creencia de que los padres saben lo que es mejor para sus hijxs en lo que sea, olvidándose que cualquier niñx, incluso si es recién nacido, es un sujeto con derechos que deben serle respetados. Y dos de esos derechos son el de la autonomía para decidir sobre procedimientos médicos y el respeto a la integridad física.  ¿Acaso estamos en Auschwitz, como para forzar tratamientos sin consentimiento, solo porque ese niñx es pequeñx y no se puede defender ni externar su opinión en ese momento, especialmente donde no existe la menor urgencia médica con respecto a sus características sexuales?

Pensar en la intersexualidad debe motivarnos a reflexionar también en la visión del mundo que hemos aceptado sin cuestionar. Transformar la sociedad no significa imponer un cambio radical de pensamiento; eso es mero adoctrinamiento. Se trata de promover una manera de percibir la realidad en libertad. Ya decía Erich Fromm que el individuo tiene una dependencia de su sociedad en función de que cumple un rol en ella, y en ese sentido,

el miedo a la libertad está acendrado a causa de perder esa seguridad que ofrece el pertenecer a la sociedad. Quizá la única libertad a la que aspiramos en el curso de nuestras vidas es a la de mirar críticamente el entorno que nos rodea, y hacer lo que está al alcance de uno para no hacer más daño, para aceptar y no juzgar, para no perseguir modelos inalcanzables.

Y en el camino, admitir que todos los cuerpos aspiran a la perfección no porque se asemejen a una imagen que evoca deseos de control y de poder; son perfectos porque, lejos de la percepción de ser “imperfectos”, aspiran a ser saludables tal y como son, y a fungir así como vehículo de las personas para desarrollar su potencial de ser plenas y felices.

Tal y como han nacido.

Día de las madres, 2017

Rabia. Cólera. Ira.

Hubo días en que solo sentía eso. Días en que rumiaba solo una pregunta: ¿por qué mi madre me traicionó así? ¿Por qué esa mujer fuerte e indomable, que ha conseguido imponerse impávida a amenazas y peligros reales, dejó que esas eminencias blandieran el escalpelo con impunidad para quitarme mis gónadas, para mutilar mis genitales, y fabricar a partir de mi cuerpo una identidad ajena?

Oh, cuántos días sentí odio por mi madre.

Un día, mi mente se silenció. Mi corazón escuchó. La racionalización dio paso a la razón. Y con la naturalidad con que llueve sobre un valle, también manó la compasión.

¡Qué difícil debió serte, mamá, consentir a que me hicieran lo que me hicieron! ¡Cuántos días, cuántos años viviste con la mortificación: “¿habré tomado la decisión correcta?”!

Qué difícil debió serte el pensar que alguien me mirara diferente. Que alguien me juzgara por preferir el futbol sobre las muñecas, los tenis sobre los zapatitos de charol, el verde sobre el rosa, la ropa deportiva sobre los vestidos. Que alguien me señalara o me discriminara por actuar fuera del entendimiento de los roles de género de la sociedad y la época en que me viste crecer.

Cuando pienso en los pasados cinco años tan difíciles, tan llenos de desdicha y dolor, de lamentos y reclamos, de injurias y daño físico, me doy cuenta que no solo yo sobreviví a los años más oscuros de mi vida: tú también sobreviviste a mi lado.

Hay heridas, huellas de abandono que quizá no podremos resolver del todo en el tiempo que nos queda. Pero tras haber sobrevivido a tan aciagos días, y comenzar a caminar juntas, agradezco que tú hayas sido mi madre; porque tuviste el valor de no dejarme a pesar de tus errores, ni a pesar de los míos; porque nuestra relación no es perfecta y sigue de- (y re-) construyéndose, pero es real y ha probado la fortaleza del amor que tiene por cimientos; porque con ese mismo valor que te distingue de entre la multitud, alzaste tu voz para apoyarme, para apoyarnos, cuando por primera vez me presenté como una persona intersex ante un grupo de extraños; porque hoy también te alegras de ver cómo voy convirtiéndome, finalmente, en la persona que siempre debí ser.

Me ves, finalmente, siendo intersex, y descubriendo la vida y la felicidad.

Me tienes contigo, y yo te tengo a mi lado.

Te quiero, mamá.

La deuda de la sociedad.

Como activistas intersex, nuestro trabajo se encamina principalmente en tres caminos: el clínico, el jurídico, y el social.

El aspecto clínico busca revolucionar el paradigma médico imperante que patologiza la intersexualidad. La meta no es solo detener las cirugías en bebés y niñxs, no consentidas por ellxs, lo cual es una forma de abuso médico y a veces también parental; la meta es conseguir que, como menos, la comunidad médica se planteé la duda razonable sobre la pertinencia de los procedimientos médicos a que las personas intersex (bebés, niñxs, adolescentes y adultos por igual) son sometidas cada día sin ser debidamente informadas, y casi siempre sin su consentimiento, bajo el supuesto de que existe un beneficio psicosocial que justifica lo que de otra forma se trata, las más de las veces, de una serie de intervenciones innecesarias, cosméticas, irreversibles, que acarrean consecuencias negativas que, por fortuna, algunos médicos comienzan a ver y a comprender. Asimismo, el enfoque de derechos humanos ya permea, aunque con lentitud, en la preocupación de algunos sectores de la comunidad médica, y por tanto en el reconocimiento de la autonomía no solo en adultos, sino también en niñxs y adolescentes, y en el respeto que se debe tener a proteger este derecho ya desde el nacimiento, pues más allá de tratarse de menores de edad en la terminología legal, bebés, niñxs y adolescentes son ya personas con identidad jurídica y con derechos que deben ser respetados y protegidos por sus padres (y a veces a pesar de ellos). En ese sentido, creo que aunque es todavía conservador el progreso, ya hay un avance que promete.

Otro frente de la labor es, precisamente, el jurídico. Gracias a la lucha del colectivo LGBTQ, hay bases sentadas para argumentar a favor de los derechos de las personas con diferencias en las características sexuales (lo cual es otra forma de expresar la diversidad corporal que implica la intersexualidad, no solo en las características primarias sino también en el aspecto cromosómico, a menudo dejado de lado por la propia práctica clínica). Poco a poco, se van generando ejemplos a nivel internacional que van perfeccionando el lenguaje jurídico a utilizar para promover leyes y mecanismos judiciales que permitan la defensa de estos mismos derechos. Aunque México todavía no tiene una ley en este sentido, los ejemplos de Malta o Australia, o los dictámenes y sentencias de cortes y organismos gubernamentales como en Chile y Colombia, representan una promesa del trabajo para el que aún se necesitan manos, y también disposición política a fin de no corromper el propósito del esfuerzo requerido.

Pero sobre todo, hay un frente que hace falta reforzar, y acaso sea el más importante de todos: el frente social. Un aspecto clave de nuestro trabajo es dar visibilidad a la existencia de la intersexualidad, con el propósito de derribar mitos en torno a su significado y a veces tan solo para conseguir que la gente conozca su existencia. Pero no basta. La sociedad no se compone solamente de personas educadas o con disposición a educarse, sino también de personas llenas de prejuicios y con estrechez de miras, las cuales perciben la existencia de las personas intersex como una amenaza a su estilo de vida o como una aberración a sus concepciones de lo que debe ser un ser humano; lo que debe ser, mas no lo que es.

La intersexualidad existe, no es una monstruosidad al margen de un supuesto “orden” natural, sino que es un integrante inobjetable de la naturaleza, la cual se expresa en incontables elementos, especies y formas de vida.

La existencia de la intersexualidad se la ha tratado de disfrazar (“corregir”) para hacerla encajar en la noción binaria que hemos creado de hombre-mujer (macho-hembra) como estados únicos que estructuran y gobiernan no solo nuestra percepción de la naturaleza sino del mundo y sociedad en que vivimos. Pero ya no puede ser negada basándose en pseudociencia y dogmas de fe; la intersexualidad es real y natural, aunque sea atípica si se atiende al hecho de que representa un porcentaje reducido de la población humana. Es una manifestación de la diversidad de la especie humana y debería ser enseñada así a la sociedad, si es que esta aspira a ser libre.

La razón por la que este tema me parece relevante y digno de ser recalcado ahora y cuantas veces sea necesario es sencilla: aunque el paradigma clínico se transforme, y se establezca el marco jurídico y judicial para la defensa de los derechos humanos de las personas intersex, sin importar su edad, lo que realmente importa al final es que la gente común y corriente, esos que, como se dice comúnmente, viven y dejan vivir, pero también aquellos que nos contemplan con prejuicio, miedo y a veces hasta odio, todos ellos tengan forma de transformar su desconocimiento en solidaridad. Esto resulta especialmente importante en los entornos sociales más comunes: escuela, trabajo, espacios deportivos, y, desde luego, servicios de salud. Más que todos los anteriores, es necesario que educadores, médicos y profesionales de la salud, instructores y personal de espacios deportivos, y personal de recursos humanos de lugares de trabajo estén capacitados para fungir como aliados de las personas intersex, para empoderarlas, y así crear los entornos más favorables posibles para que el estigma se desvanezca, y las personas intersex puedan desarrollarse tan libremente como las personas que no son intersex.

No se trata solo de un bonito deseo; es una demanda. Es una deuda de la sociedad hacia nosotrxs, a saldar mediante educación, capacitación y sensibilización, para transformar gradualmente (porque es la única forma de que existan cambios reales y duraderos en las sociedades) el entendimiento sobre la diversidad humana, en este caso sobre las diversidad de características sexuales, y las diferencias corporales que ello implica.

Al final, la demanda no es irracional, y no es algo que esperemos que se dé espontáneamente: como activistas, es nuestra obligación crear los recursos que sirvan a esos aliados potenciales para formar, educar y sensibilizar. Tocar las puertas necesarias, convencer de la relevancia de este trabajo en pro de una convivencia más sana, y en búsqueda de una sociedad más libre, libre de miedos y prejuicios, que nos acepte como somos, como hemos nacido, y también como elegimos ser; pero también que, al reconocer nuestra existencia, se reconozca y acepte en su diversidad misma, y evolucione hacia una nueva consciencia de sí misma, y que fomente no solo la inclusión en espacios públicos, sino la creación de otros más que favorezcan este proceso y vayan reduciendo la discriminación y la violencia que padecemos.